Diseño versus Emoción

Artículo que acompaña la entrevista a Fernando Amat. El texto fue publicado originalmente en:
Mariscal a la Pedrera.Barcelona : Fundació Caixa de Catalunya, 2010.

Mariscal a la Pedrera - Catálogo

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Diseño y emoción: parece que las dos palabras sean incompatibles, que no puedan ir de la mano.

Me paso los días buscando, rechazando y a veces aceptando objetos para vender en nuestra tienda. Lo vengo haciendo desde hace cuarenta o cincuenta años y en algunos casos ha sido muy gratificante, pero también puedo añadir que cada día lo es menos. Giovanni Cutolo, en su libro Lujo y diseño, explicaba que la diferencia entre un comerciante y un mercader residía en que el primero tenía su mayor placer cuando vendía, mientras que el mercader disfrutaba más en el momento de la compra. Yo también quiero emocionarme cuando compro algo.

Creo que antes de empezar cualquier proceso creativo, ya sea de arquitectura, de diseño, etcétera, sería muy deseable sintetizar en un párrafo lo que se ha decidido hacer y el porqué…  Y releerlo repetidamente.  Los japoneses abusan de la palabra «concepto», es cierto, pero quizá la ausencia del mismo podría ir ligada a la falta de emoción.

De los arquitectos, recuerdo a Elías Torres y a Lluís Clotet. He visto esos dibujitos iniciales a tinta o lápiz, que en el fondo no son otra cosa que el «párrafo», el «concepto» a partir del cual van tirando del hilo, que van releyendo. Por otra parte, siempre aparece algún loco, alguien que echa por tierra todas estas teorías, que, dotado de un extraño talento, «entra a saco», como si entre su cerebro y su mano no existiera un retardo, que no pasa por aquella zona en la que las personas normales analizamos, dudamos, aceptamos y decidimos.

Quizá sean las nuevas tecnologías del dibujo las que nos han hecho perder la emoción. Ya casi nadie sabe dibujar a mano alzada un croquis o un despiece para un operario. El AutoCad es maravilloso y, al mismo tiempo, es una herramienta letal.

O quizá nos hemos perdido por culpa de  los materiales. Constantemente salen al mercado maderas, pavimentos, paneles, herrajes y acabados que nos fascinan, y hemos optado por aplicarlos de un modo cada vez más sutil, cada vez más afinado, algunos dirían que de un modo más minimalista. Las puertas ya no enseñan que tienen bisagras para cerrarse, y los cajones tampoco parecen necesitar tiradores para abrirse. Seguimos empotrando pequeños ojos de buey en los techos para iluminar, sin alma, los espacios que luego entregaremos a nuestros clientes. Incluso los ojos de buey han acabado reducidos a ojitos de cordero. Normalmente al final le colocamos algún mueble de diseñador famoso para así demostrar nuestro buen gusto. Nos hemos convertido en «profesionales de la entrega perfecta», un término que puede resultar raro a los neófitos, pero que los profesionales entienden sobradamente.

El  problema con algunas  ideas es que todos estamos convencidos de que las cumplimos. Cada diseñador, cada arquitecto, cada grafista, cuando lea estas líneas pensará: «Esto no va dirigido a mí.»

Cada vez estoy más harto de algún cocinero que pasó por El Bulli y ha acabado simplemente dibujando filetes en un plato cuadrado, harto del arquitecto que trabajó con Miralles o del grafista que estuvo en el estudio de Mariscal y, por esta sola razón, creen que con deformar un poco el edificio –o la tipografía– nos van a emocionar tanto como sus maestros. Pues  no…

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