En record d’ERIC ROHMER

Ahora bien, sucedió la cosa más imprevisible. Mi suerte inesperada fue seguiida de un infortunio no menos extraordinario. Pasaron tres, ocho días, sin cruzarme con ella. Schmidt se había ido con su familia para preparar mejor su tesina. Por muy enamorado que estaba, ni siquiera se me ocurría la ide de distraer la menor parcela de mis horas de estudio en busca de Sylvie. Mi único momento libre eran las horas de comer. Por consiguiente, prescindí de la cena.

Como la cena duraba treinta minutos, y mis idas y venidas tres, las poibilidades de encontrar a Sylvie se multiplicaban por diez. Pero no creía que el boulevard fuera el mejor lugar de observación. En efecto, podria pasar perfectamente por otra parte e incluso –yo no sabía de donde venía- tomar el metro. Era imposible, en cambio, que hubiera dejado de hacer las compras. Por este motivo me decidí a extender el campo de mis investigaciones  al rue de Lévis.



Y, además, conviene explicar que estar al acecho en el boulevard en esos calurosos crepúsculos es monótono y cansado. El mercado ofrecía la variedad, la frescura y el irresistible argumento alimenticio. Mi estómago protestaba y, cansado de os refectorios, reclamaba decididamente, con la premonición de las vacaciones, el intermedio gastronómico que el tiempo de las cerezas podía concederle. Seguro que los aromas hortelanos de la calle y su algarabía me resultaban, después de tantas horas de Dalloz y de <<ciclostilados>>, mejor recreo que el estruendo de la residencia y sus efluvios de rancho.

Pese a todo, mi búsqueda era inútil. Millares de personas vivían en el barrio. Es posible que sea uno de los barrios más densamente poblados de París. ¿Era mejor pararme? ¿O ir de un lado a otro? Yo era joven y una esperanza un tanto estúpida me hacía pensar que de pronto vería asomar repentinamente a Sylvie por una ventana, o salir improvisadamente de una tienda y la tendría, como el otro día, cara a cara. Por consiguiente, opté por el movimiento y el callejeo.

Así fue como descubrí en la esquina de la rue Lebouteux, una pequeña panadería donde adquirí la costumbre de comprar los pasteles que constituían la parte más sustancial de mis comidas.


La boulangère de Monceau VII


Fotogrames de la pel·lícula La boulangère de Monceau (1963)

Fragment de: “La panadera de Monceau”, a ROHMER, E. Seis cuentos morales. Barcelona: Anagrama, 1974. Selecció: Guim Espelt i Estopà.

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