Mirando hacia atrás con ira

Mirando hacia atrás con ira es el título de una obra de teatro de John Osborne, lo he considerado interesante como título de la sección sin pretender relacionarlo con la obra de teatro. Escribir sobre arquitectura en el momento actual requiere esperanza y optimismo hacia el futuro, aunque sea en grado mínimo. La humanidad está viviendo un mal momento, los responsables de la situación se descargan de responsabilidad, como si no fuera con ellos, y se postulan como redentores. En la calle se ve de otro modo, esto da ánimos. La solución no está en dar unos retoques, máxime si cada vez que retocan empeoran la situación. La única solución posible es anular lo que se ha hecho y actuar en sentido inverso. La gran dificultad es que el horror no es local sino global. Si continúa el proceso destructor de la educación y de la cultura en el que estamos inmersos, la arquitectura, después de muchos más siglos de existencia que los cuarenta napoleónicos, va a desaparecer.

No tendría sentido hablar de arquitectura si se admite que va a convertirse en una curiosidad arqueológica. La arquitectura es algo más que construcción y protección de la intemperie, también satisface necesidades exclusivas del ser humano, la arquitectura es un complemento necesario de la vida humana, como lo son la literatura o la música.

Corre de boca en boca un eslogan que dice que “ser inteligente es adaptarse al medio” sin duda es del mismo autor de otro eslogan: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Son variantes de “date por vencido”, “ya nada volverá a ser como antes” o “esto ya es irreversible”. Si tan seguros estuvieran no utilizarían este tipo de propaganda como arma. Adaptarse al medio consiste en prescindir de aquello que nos diferencia de otros animales, incluida la inteligencia. Los animales tienen inteligencia, pero es de otra variedad.

El eufemismo que se emplea para no nombrar a quienes detentan el poder es “los mercados”. Los mercados son lugares de reunión para operaciones de compraventa. Fue una buena decisión de Pericles concentrar estas operaciones en un lugar concreto. El mercado no toma decisiones, se adapta al consumidor, que es quien decide. Si mandan los mercados, ¿a quién hay que dirigirse para reclamar?

Por el momento, si he de escribir sobre arquitectura, lo haré como podría haberlo hecho hace medio siglo. En aquel tiempo, que hoy se percibe como remoto, nadie dudaba de que para proyectar y construir arquitectura se necesitaba una formación teórica en diversas disciplinas, la cual debía dotar de una relación solidaria entre aspectos técnicos, culturales y específicos del proyecto, porque hay una teoría del proyecto que integra a las otras disciplinas que intervienen en su concepción. Se dirá que no había libros de texto; admito que se podrían escribir, pero bajo un punto de vista didáctico, la transmisión simultánea de teoría y práctica era más idónea. En los textos en que hable de arquitectura lo haré como si nada hubiera cambiado; en aquellos en los que hable de no arquitectura, me referiré al contexto actual y miraré al pasado desde la ira del presente.

Antes de hablar de arquitectura trataré su contexto en la actualidad.

El mundo de la especulación y las finanzas ha dado lugar a una nueva religión, que sustituye a la moral de cada religión tradicional. La moral religiosa contiene principios irrenunciables de la ética. Ya no cabe hablar de empresas, sino de monopolio, puesto que las pequeñas empresas desaparecen y las que alcanzan un tamaño gigantesco actúan al unísono. Es un tipo de monopolio basado en un pacto de confianza o trust.

La cultura no es un valor económico, porque no se puede cuantificar y no produce beneficios, por lo tanto los mercados consideran que debe eliminarse, o sea, mantener la marca de cada hecho cultural pero cambiar su significado.

Las leyes importantes son las mismas en todos los países en los que se impone la democracia  bipartidista. La participación de las entidades financieras en su elaboración garantiza que se adapten a los intereses del monopolio.

Aunque se hable de capitalismo, el sistema económico se asemeja más al monopolio soviético que a la economía capitalista de libre empresa, para la cual la libre competencia es esencial. Cuando se dice que el gobierno no debe intervenir porque el capitalismo se autorregula, no hay autorregulación sino acuerdos. Sin embargo, las entidades financieras intervienen sin el pudor de disimularlo en las tareas propias del Gobierno.

El capital humano —la formación profesional de los trabajadores— obstaculiza el tipo de productividad que impone el monopolio, o sea, producir con los menores costes y salarios posibles. La calidad no importa. Las universidades se deben transformar en un servicio a las empresas del monopolio pagado por los contribuyentes. A eso le llaman Bolonia, para oprobio de los boloñeses.

Los bienes económicos son importantes porque son necesarios pero son solo una parte de los bienes que siempre han sido necesarios aunque no sean cuantificables. El dinero es necesario para el funcionamiento del mercado, pero carece de valor en sí mismo. El conjunto del dinero en circulación debería relacionarse con la suma de los precios de los bienes que se producen en un periodo determinado. Para simular inflación, se aumenta el precio de bienes ya existentes, por ejemplo, dicen que compran arte y el arte no tiene valor económico. La elección de lo valioso la deciden los financieros, que no se distinguen por su cultura ni su sensibilidad pero tienen medios para hacer propaganda.

A todo eso, los bienes verdaderos que se consumen son pocos y de baja calidad, no se producen bienes culturales y se echa a perder la cultura que heredamos de generaciones anteriores. Eso podría explicar la desaparición de aquellas culturas milenarias, de las que quedan restos arqueológicos. Aunque la cultura no proporcione beneficios inmediatos a las empresas, produce riqueza. Y su ausencia, pobreza.

Y ahora toca hablar de arquitectura.

DOS EDIFICIOS DE CODERCH QUE NO DAN ESPECTÁCULO

La finalidad de la arquitectura no es provocar la admiración. Las obras verdaderamente admirables no han buscado la admiración como objetivo. Un ambiente en el que los edificios pugnan para emocionar a quienes los contemplan es como estos locales en los que todos gritan.

En la doctrina de lo que responde al nombre de “mercados”, en su afán por “reinventar”  todos los conceptos para que se adapten a sus intereses, se considera que la arquitectura es un conjunto de objetos cuyo único fin es producir un impacto en un espectador para su explotación turística, o como propaganda de las empresas o de los políticos y, al mismo tiempo, estos objetos y sus autores participan de los efectos de la propaganda, así se informa a las gentes de qué objetos y qué autores debe admirar.

Las ciudades dejan de ser lugares agradables para la vida y el trabajo y se convierten en una especie de bazar de objetos estrambóticos. La arquitectura para la vida humana deja de ser arquitectura, con la consiguiente pérdida de sus valores tradicionales y de su teoría, la cual no es necesaria porque cualquier capricho de la fantasía se puede construir. Le siguen llamando arquitectura, como quien compra una marca de prestigio para beneficiarse antes de que lo pierda. Lo que hoy se llama arquitectura no es arquitectura. Antiguamente, este engaño se llamaba fraude.

Antes de la existencia de la arquitectura, los humanos acondicionaban lugares naturales para proteger su vida y sus actividades, y trataban de acondicionarlos y darles un carácter propio. Las pinturas rupestres acreditan una cultura muy avanzada anterior a la arquitectura. Habrá arquitectura cuando el espacio se conciba de modo racional y sensible. Antes, o simultáneamente, debe inventarse la construcción. La arquitectura es, así, un hecho cultural que consiste en transformar artificialmente un lugar para la vida y el trabajo. Si se admite este esbozo de definición de arquitectura, arquitectura es un lugar —no un objeto— concebido artificialmente según los medios técnicos que ofrece la construcción, y cuyo objeto es hacer agradables los ambientes de trabajo y de ocio.  Y la arquitectura es el oficio de hacer arquitectura. Una emoción es algo extraordinario y tanto más valioso cuanto menos buscado. El agobio emotivo sería una sensación desagradable y desconcertante. La arquitectura no atañe solamente a la obra construida, es a la vez reforma de un lugar que había previamente. Se proyectan ambas cosas, ella reforma del lugar y el lugar construido. En una ciudad es conveniente que haya un equilibrio entre lo cotidiano y lo extraordinario. A veces se menosprecia una obra de un arquitecto ilustre porque no emite el resplandor que se esperaba de él, y es frecuente que sea en estas obras donde se advierte al gran arquitecto.

Edificio en Encarnació esquina Ventalló

J.A.Coderch - Planta tipo Edificio c/Encarnació

J.A.Coderch - Planta edificio c/Amigó

J.A.Coderch - Planta edificio c/Amigó

En 1966, encargaron a José Antonio Coderch dos edificios de vivienda que no están entre los más celebrados por los arquitectos. Uno de ellos, muy modesto, está en la calle Encarnación del barrio de Gràcia y otro en la confluencia de Amigó y Via Augusta. Ambos edificios están en una esquina y sus solares son complicados, ubicar en ellos el programa es una tarea muy laboriosa, no admite el recurso a la tipología ni siquiera que la organización espacial de cada vivienda de una planta se asemeje a las demás. El edificio de Amigó incluye una condición muy importante, que nadie le exigiría y pocos han advertido. Coderch cuenta que su padre le decía que entre los hábitos comunes de la sociedad  hay algunos que uno no debe permitirse por razones de ética. En este edificio renunciará a la facilidad y al lucimiento personal por respeto al lugar y a una obra muy representativa de la arquitectura de Francesc Mitjans (si no lo hubiera hecho, nadie se habría dado cuenta). Justo es reconocer el sacrificio.

La verdad es un valor muy importante en arquitectura. La falsedad, la mentira, siempre dejan un rastro que permanece cuando la novedad del edificio ya es historia. Para Agustín de Hipona, la belleza es el resplandor de la verdad. La permanencia de lo falso hace que un edificio se perciba como algo molesto o repugnante. La verdad afecta a muchos aspectos de la arquitectura. La estructura, la construcción, la organización espacial, el uso o el carácter son algunos de ellos. Con frecuencia, la falsedad de un edificio afecta a varias facetas, debido a la íntima relación que hay entre ellas. La verdad, no obstante, no significa explicar la totalidad de la obra, se podría decir que expresar ciertas intimidades es incluso obsceno. Coderch no miente en ninguno de los dos edificios que comento, pero tampoco expresa en las fachadas la organización del programa, la dificultad para resolverla no interesa a nadie y si se intentara explicar, no se entendería el edificio.


J.A.Coderch - Edificio c/Encarnació

J.A.Coderch - Edificio c/Encarnació

J.A Coderch - Edificio c/Encarnació. Fachada oeste

J.A Coderch - Edificio c/Encarnació. Detalle fachada


La claridad es otro valor importante que, en este caso, se impone sobre las explicaciones innecesarias. Una gran cualidad de Coderch es la confianza en que el trabajo intenso y la paciencia permiten superar las dificultades de un problema. Como decía en una entrevista, su método es el del comisario Maigret —el protagonista de muchas novelas de Simenon—. Otra cualidad es borrar con pulcritud las huellas del esfuerzo, por eso sus obras se comprenden con facilidad. En el caso de Amigó las cuatro viviendas de cada planta son muy distintas unas de otras. Sin embargo, el espacio y la organización se perciben como algo muy natural, y cada dependencia tiene medidas y proporciones muy razonables, y la separación entre entrada principal y entrada de servicio, a la cual da la escalera, fueron fundamentales para hacer encajar todas las piezas.

El exterior del edificio de Gràcia es modesto, como corresponde al tipo de vivienda y al barrio en el que está. La escasa superficie de la envoltura exterior se resuelve con un muro de ladrillo que expresa los forjados y unas persianas de librillo sencillas cuyo formato no es idéntico pero lo parece; no hay exactitud métrica, pero hay orden. Un edificio modesto debe expresase con mesura y modestia, mejor dos materiales que cuatro. Es un edificio admirablemente digno.


J.A.Coderch - Edificio c/Amigó. Detalle del retranqueo

J.A.Coderch - Edificio c/Amigó. Detalle del retranqueo

J.A.Coderch - Edificio c/Amigó. Fachada a Via Augusta

J.A.Coderch - Edificio c/Amigó. Fachada a Via Augusta


El solar de Amigó es, en sí mismo, más difícil, debido al tamaño que tiene. Se podría pensar que no hay razón para que haya una relación entre tamaño y dificultad, pero no es posible una relación proporcional, los palacios no presentan complicación porque tienen salas grandes y techos altos. Un edificio de viviendas de gran superficie no es un palacio. En este edificio, el arquitecto añade una dificultad al solar: el solar linda con un edificio de Francesc Mitjans que fue innovador, en el buen sentido de la palabra. En su día, las costumbres habían cambiado y la tipología arrastraba maneras que carecían de sentido. El cambio supuso la sustitución de los pasillos largos y angostos por amplias zonas de distribución, adaptación de las cocinas a su tiempo e inclusión del comedor en el salón, y retrasar la alineación de fachada separándola de la acera por un jardín que hacía posible la vida en el exterior en periodos de bonanza, para lo cual dispuso amplias terrazas en las que cupieran muebles de jardín. Las mejoras en el uso contribuyen a que sea un edificio de alto valor arquitectónico, pero sin la claridad y rotundidad de la fachada, y la precisión métrica y el diseño adecuado de cada elemento sin alardes de ningún tipo podría haber sido un edificio vulgar. Puesto que las viviendas tuvieron éxito y satisficieron a usuarios y promotores, Mitjans tuvo la ilusión de que tanto la calle Amigó, como tal vez otra calles recoletas, adoptarían este tipo, lo cual haría mucho más agradable la ciudad. No fue así, e incluso el edificio que linda con este por el lado que mira al mar cierra el jardín con una medianera desaseada a la espera del derribo del edificio de Mitjans. Sin duda los clientes que elegían a Mitjans como arquitecto eran inteligentes y cultos, eran de lo que no hay. Es raro que hoy, un promotor no exija ocupación total, aunque se viva peor y con estrecheces dentro y fuera del edificio. Su esprit solo alcanza a distinguir cual es el mayor entre dos números. El edificio de Coderch, que linda por el lado montaña, hace un retranqueo de dimensión generosa, para encontrar la alineación del edificio de Mitjans, y en la esquina expresa la anchura real de la calle Amigó. La planta es un encaje de rompecabezas chino y la fachada es la propia de un edificio de vivienda bien proyectado y construido. En una publicación de su obra completa Coderch escribe: “Consideramos que la fachada a Amigó tiene cierto interés”. Mitjans comentó en una conversación con Félix Solaguren que: “debo agradecer al arquitecto del edificio de al lado su sensibilidad”. Dos caballeros que no simpatizaban mucho.

Años más tarde, Mitjans construiría al otro lado del edificio de Coderch unas oficinas para Telefónica. Un edificio sobrio y elegante que merece un comentario. Hay mucha arquitectura de la buena en esta esquina, pasando en taxi por delante, pocos lo advertirían.

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