Fachadas

Es costumbre entre los arquitectos, cuando les toca escribir en relación a un tema específico de la disciplina, tan específico que tan sólo es una palabra, rehuir las primeras líneas con una serie de recursos comúnmente aceptados e incluso aplaudidos de vez en cuando como ejemplos de buena praxis. De los que hay, dos son los más habituales.

El primero de ellos es recurrir a la definición del diccionario. A poder ser, el etimológico Maria Moliner, si es que se quiere afinar. Esto dota al encabezamiento de una dignidad entre corchetes, de una definición prístina, de una ausencia de ornamento que legitima el delito. El currículum queda a salvo.

El segundo de ellos, y precisamente del cual no se va a prescindir en este texto, es la enumeración. La enumeración continua, que incluye nombres, adjetivos, símiles y demás con tal de dibujar un mapa sin retórica que sitúe al lector. Un recurso perequiano* que sirve a los arquitectos para envolver en celofán su manifiesta falta de pericia como escritores. Quedan bien pertrechados para el resto del camino. Pertrechémonos pues.

fachada: envolvente, piel, diafragma, membrana, filtro, velo, vestido, máscara, esponja, cáscara, corteza, ligera, ventilada, de doble hoja, verde, sostenible, sólida, pétrea, fragmentada, compacta, ritmo, orden, ornamento, sombra, luz, plano, muro, ventana, cornisa, alfeizar, pilastra…

Dibujado el mapa y sin buscarlo demasiado, en un degradado que empieza en una efímera poética y acaba en los elementos de la sólida construcción, vemos que esta deriva también tiene, generalizando y salvando veleidades, una transcripción histórica inteligible. Y es que hoy, cuando alguien explica un proyecto, gusta más de expresarse en los primeros términos de la enumeración que no en los últimos. Quizá sea algo normal porque, más que empezar los proyectos dibujando, tienden a empezarse para ser vendidos. Son esas aguas en las que la metáfora o el símil se mueven a gusto, ya que los clientes sienten su ingenio interpelado y pueden, a su vez, sentirse partícipes del proyecto desde los lugares comunes. Piel, vestido, máscara… hay que estar atentos al carnaval.

Evidentemente, nada de esto implica que las unas sean mejores que las otras, que como lo de antes nada, que nada mejor que el futuropor llegar u otro tipo de nostalgias. Aunque se aprecia, en cualquier caso, una diferencia matérica y conceptual sustancial. Ya que venimos hablando de figuras retóricas como apoyo discursivo, tomemos la fruta como ejemplo. Fresas, melones, cerezas, melocotones, sandias, manzanas, papayas. Plátanos o ciruelas. Todas estas frutas tienen en común una piel que las protege, que las define y las envuelve.

Pero en la piel de todas ellas hay una diferencia de dureza, casi de rudeza. Mientras algunas frutas solemos tomarlas con piel (siempre, madre, una vez lavada), otras tienen una piel que es más bien una cáscara, lo que imposibilita masticarla, deglutirla; al fin, procesarla. En este caso, la fruta, para ser consumida, queda disociada del elemento de protección; son dos cosas que, aunque juntas, tienen poco que ver.

Desde los inicios de la modernidad, en los que la fachada perdió su papel portante, nos hemos ido acercando más al melón que a la fresa. La libertad proyectual derivada ha sido tan atractiva a primera vista que, aquellos proyectos que siguen buscando ese orden y relación tradicionales, que no rehúyen la disociación, vienen siendo escasos.

Pero, como siempre hay un más allá, asistimos atónitos a un nuevo fenómeno de extraña calificación. En la actualidad, en muchos cascos históricos, se sigue el proceso inverso: se vacían los edificios manteniendo la fachada, desollándolos como Apolo a Marsias para conservar su piel y taxidermizarla, aun sin criterio sobre si esa piel merece tanto la pena como se pretende hacer creer. Caros ejemplares huecos para una contemplación degenerada, que ayuda a mostrar aquello que ya no sabemos ser pero que aspiramos a aparentar. Un maravilloso retrato de Wilde, entendido desde la ironía de su propia decadencia.

Vistas estas casuísticas habituales, es cierto que, al menos, las fachadas exentas pueden resultar tan endebles, tanto tectónica como patrimonialmente, que cambiar su piel no es un trauma. De hecho, permiten incluso el gesto aún más sencillo de añadir una capa nueva a la cebolla, quitarla de nuevo en un futuro, repensarla. ¿Es positiva esta versatilidad que dejará vacíos históricos en una disciplina que ha venido siendo testimonio de su tiempo y transmisor cultural?

Releyendo la pregunta, parece un desastre, como casi siempre, lo que se avecina. Pero no estaría de más recordarnos la lenta relación de la arquitectura al respecto de todo aquello que la rodea, ya sea por sus lentos procesos de construcción, la dificultad material, estructural o cualquier excusa que queramos encontrar. Aun así, más pronto que tarde, todo termina por llegar, nos agrade más o menos. Es probable que el futuro de la arquitectura, entendida ésta como la arquitectura de consumo en el sentido más actual de la palabra, resida ahí. En adaptarse a esos cambios exigentes y, para entonces, lo óptimo sería estar lo mejor preparados posible. Industriales como Escofet han entendido esta necesidad y se han colocado al frente proponiendo una serie de soluciones y un abanico abierto de posibilidades al servicio del arquitecto. Esta línea, entre otras oportunidades que se nos ofrecen, deberían ser aprovechadas si no queremos que la baboseada frase ‘renovarse o morir’ se convierta en el epitafio de nuestra disciplina y que ‘fachada’ ya no sea más que una definición etimológica del Maria Moliner, un singular batiburrillo de nombres, adjetivos, símiles y demás lugares comunes.

Bodegón con sandías y manzanas en un paisaje. Luiz Egidio Meléndez, 1771. Serie: Bodegones para el Gabinete de Historia Natural del Príncipe de Asturias (futuro Carlos IV); Colección Real, Museo del Prado.

Bodegón con sandías y manzanas en un paisaje. Luiz Egidio Meléndez, 1771. Serie: Bodegones para el Gabinete de Historia Natural del Príncipe de Asturias (futuro Carlos IV); Colección Real, Museo del Prado.

Una versión más corta de este artículo se publicó en el catálogo Building-Escofet 2016.

*perequiano: Referente al escritor francés Georges Perec (1936-1982) quien solía elevar la catalogación o la enumeración descriptiva a expresión literaria potencial.

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