El concurso del Chicago Tribune

Alrededor de un año antes de su muerte, Louis Sullivan, el venerable arquitecto de Chicago que jugó un papel decisivo en el desarrollo del moderno rascacielos americano, escribió sobre el más conocido de los concursos de rascacielos americanos, el Chicago Tribune Competition. Sullivan no estaba conforme con el orden de los dos primeros premiados y, en un estilo que recuerda a Henry James, ataca lo que él considera la frivolidad de la obra del primer premio, de Howels and Hood, y alaba la del segundo, una torre vertiginosa de Eliel Saarinen.


Hace unos setenta años, un filósofo, durante sus estudios sobre el ego, dividió a los hombres en dos clases, distintas pero relacionadas entre sí, a saber: los maestros de ideas y los gobernados por las ideas. Enfatizó sobre las ideas como fuerzas del bien o del mal; sobre las ideas como una fuerza vital que obedece a la maestría de la visión, y que emerge de las profundidades de la imaginación, de la fuente inagotable del instinto.

El ego, sólo cuando es considerado como un espíritu libre se nos presenta claramente como  maestro de ideas. En cambio, el ego, si se examina como un espíritu paralizado por la inacción, por consiguiente inerte y cautivo, se vuelve incapaz de ver más allá y renuncia a su voluntad.  Se convierte así en esclavo de las ideas impuestas cuya validez no se atreve a contradecir, aún si la idea de hacerlo surgiera. Por lo tanto, tímidamente, el ego evoca la idea negativa de autoridad como sustituta providencial de su voluntad en declive.

Los maestros de ideas son maestros de la valentía; el espíritu libre de la aventura está en su interior. Avanzan a zancadas mientras otros se arrastran. Llevan dentro el orgullo de la acción. Exploran, prueban, se enfrentan a las realidades —sabiendo que las realidades y las ilusiones se mezclan entre sí, pero sabiendo también que el ego está en pie. Por lo tanto andan derechos y audaces a la vista de todos, con la certeza que les brinda la visión —mientras que los esclavos lo son por elección, buscan cobijo a la sombra de las ideas.

Así fueron los grandes espíritus libres del pasado, y así lo son los de nuestro tiempo.

Con frecuencia, los maestros de ideas del pasado y del presente han buscado y buscan el dominio, y lo han alcanzado porque la idea de dominio coincide precisamente con la idea de sumisión. Otros maestros de ideas de entonces y ahora, principalmente los dotados de una compasión inmensa, han sido y siguen siendo crucificados por aquellos que residen tanto tiempo en la oscuridad que la mera idea de libertad espiritual les resulta detestable.

Entre los maestros de las grandes ideas crece y se extiende una conciencia en nuestro mundo moderno de pensamiento que, a menos que nos convirtamos en espíritus libres que rechacen lo cruel y abracen el poder constructivo de la benevolencia, desapareceremos entre la podredumbre y la autodestrucción.

La simple idea que está ocupando hoy los corazones de los hombres, es la de liberarse del dominio de las ideas feudales. ¿Hay alguna fuerza que pueda detener este proceso? No, no la hay.

Los ojos del mundo se están abriendo poco a poco. El entendimiento del mundo por parte de los hombres se está despejando lentamente. Una idea de mundo brota de su semilla en el suelo fértil de la tristeza mundial, y germina por todas partes bajo la superficie de las cosas tal como son, inconscientemente para muchos, conscientemente para unos pocos.

La vieja idea de que el hombre será siempre víctima del destino irá desapareciendo conforme el miedo se desvanezca. La nueva idea de que el hombre es capaz de moldear su destino aparecerá en su lugar, en una escena en la que se disuelve el drama mundial, al tiempo que la democracia surge a través de las cenizas  de una envejecida idea feudal.  Porque la democracia seguiría siendo, como lo es ahora, una palabra sin sentido, una cáscara vacía, un sentimentalismo fútil, un mero fetiche, si no llevara en su corazón la más noble de las aspiraciones optimistas, totalmente justificada, a pesar de parecer todo lo contrario, y si no aprovechara la maestría de las ideas para poder crear un mundo de alegría, libre de temores.

El mundo se vuelve cada día más compacto y al mismo tiempo el día se va acortando, volviendo así más plenas las horas fugaces. La fría rigidez de las fronteras se funde, ignorada por los faltos de visión —cada día el mundo se vuelve más móvil, cada día hay un intercambio silencioso, cada día la comunicación es más veloz, y la humanidad, como respuesta, más fluida. Lentamente, día a día, tomando impulso, los corazones del mundo se aúnan. El proceso es silencioso y dulce, como la caída del rocío. Algunos lo perciben, y otros no. Los hay que ven en las tormentas y los rayos de la idea feudal, sin alcanzar el punto culminante de su suprema manía por el dominio, el símbolo de la autodestrucción de una raza poseída por la locura. Pero no es así. Son únicamente los maestros de la idea feudal los que se han vuelto locos de odio; las multitudes permanecen sanas. Han perdido una fe patética en el concepto feudal de la autoconservación que las ha seducido y traicionado. Ahora se mueven sonámbulas, hacia una fe nueva y real, hacia una idea constructiva, compartida por todos, porque brota de los corazones de todos, de los que saldrá por primera vez una sana esperanza y fe en la vida, en el hombre —una idea que desterrará el miedo y elevará el coraje a las alturas del poder.

Esta idea devendrá luminosa y central para toda la humanidad porque es la manifestación de aquello que se encuentra en lo más profundo. Es y seguirá siendo, mientras dure la raza, el símbolo reluciente de la resurrección del hombre de su pasado muerto, de la fe del hombre en sí mismo y en su poder de crear algo nuevo.

Hay personas que censurarán esta esperanza cuando contemplen con desesperación un mundo sumido en el pesimismo, la falsedad y la intriga. Se trata, sin embargo, de aquellos que no tienen fe en la humanidad ni en sí mismos. Porque esta es la afirmación moderna: el hombre no nace en el pecado, sino en la gloria.

Todo esto tiene una estrecha relación con el concurso del Chicago Tribune, porque en ese certamen se vio con toda claridad la línea divisora entre un maestro de ideas y otro gobernado por las ideas. Allí se enfrentaron cara a cara: el segundo premio y el primero. El resto pueden agruparse a aparte, porque de lo que se trata aquí no es de una serie de diferencias de composición o de detalle, sino del hecho de sacar a relucir la más profunda aspiración que anima los corazones de los hombres. Esta aspiración ha permanecido en silencio durante demasiado tiempo; su manifestación ha sido ahogada por unas emociones de miedo; el  esplendor de su determinación ha sido oscurecido por las sombras que se han generado en el desconcierto de los pensamientos, en un mundo desorientado y sometido desesperadamente al gobierno de las ideas muertas.

En la publicidad preliminar, The Tribune transmitía la inspiradora idea de una gran y nueva aventura, en la cual se unían estrechamente el orgullo, la magnanimidad y el honor, bajo el nombre de “el edificio de oficinas más bello del mundo”, y que iba a ser creado por algún hombre con suficiente imaginación y con una sólida competencia, sin importar su residencia.

Específicamente, en la tercera página de su programa oficial, se puede leer esta  afirmación: “El deseo de The Tribune es construir el edificio de oficinas más bello y singular del mundo y, con el objetivo de conseguir el diseño de tal edificio, se ha lanzado este concurso.”

Estas palabras son ambiciosas; despiertan la imaginación.

Al principio del  siguiente párrafo encontramos estas palabras: “El concurso será de ámbito internacional y podrán participar en él arquitectos cualificados de reconocida reputación del mundo entero.”

Estas palabras son magnánimas; inspiran no solamente al mundo de la arquitectura, sino también a la laicidad ilustrada. Quizás nunca, en nuestro tiempo, se ha generado tanto interés por la arquitectura.

Además, no conforme con el fervor expresado, y con la intención de afirmar su buena fe y lealtad hacia un ideal, podemos leer en la página 13, la última del programa, la siguiente afirmación: “Hay que reiterar que el  objetivo primario de The Chicago Tribune al lanzar este concurso es el de conseguir el diseño para una estructura singular e imponente —el edificio de oficinas más bello del mundo.”

La utilización de la palabra “primario” proporciona a la frase la promesa de un símbolo, de un pacto con la Tierra. Con esta sola palabra, primario, The Tribune apunta su arco hacia las nubes.

El deseo de belleza, tal y como fue presentado por The Tribune, está empapado de romance; este romance supremo que es la esencia, el impulso vital, la parte inherente a todas las grandes obras del hombre en todos los lugares y todos los tiempos; que vibra en sus más nobles e inexplicables sacrificios; y que forma el halo de sus grandes compasiones, y de la tragedia en las profundidades de su tristeza. Esta inefable presencia se encuentra tan profundamente asentada, tan persistente, tan perene en el corazón de la humanidad que, si la reprimimos, nos pudrimos y nos morimos. Porque el hombre no nace para sufrir, sino para la esperanza y el logro.                  .

Para que una crítica de arquitectura, o cualquier otra forma de arte, o cualquier otra actividad, sea válida, debe basarse en un proceso razonado. Debe contemplar su objetivo con inteligencia para encontrar su significado pero, a la vez, mantener la distancia para que la apreciación sea libre y sin prejuicios. Una verdadera crítica no se contenta con la superficie de las cosas, debe penetrar esa superficie para buscar el ánimo, el pensamiento; debe llegar hasta las raíces, hasta los origines, debe buscar lo elemental, lo primitivo; tiene que bajar a las profundidades y, de esta manera, evaluar el trabajo. De la misma manera una verdadera crítica debe surgir de las humanidades. No es su cometido tratar con las verdades frías, sino con las verdades vivas.

Visto de esta manera, el segundo premio y el primero se sitúan ante nosotros, uno al lado del otro. El ojo experto evalúa al instante; una evaluación que viene de la experiencia interna, al reconocer una obra maestra. El veredicto del jurado del premio es revocado inmediatamente, y el segundo premio es declarado primero, lugar al que pertenece en virtud de su poder bellamente controlado y viril. El primer premio es relegado al nivel de aquellas obras provenientes de las ideas moribundas, aun cuando intenta desesperadamente huir de la esclavitud de los que están gobernados por las ideas. El reposicionamiento es muy dramático para la mente sensible. Sin embargo, en este mismo reposicionamiento encontramos la llave para abrir una puerta, y revelar a todo el mundo el enorme poder inutilizado que reside en el gran arte de la arquitectura cuando está movido por un maestro de ideas. El magistral edificio del arquitecto finlandés no es un grito solitario en el desierto, es una voz retumbante y rica, que resuena entre la plenitud y la alegría de la vida. Con palabras sublimes y melodiosas, predice un futuro, y no tan lejano, cuando los miserables y los ansiosos, los sórdidos y los feroces, se libren de la esclavitud y de la manía de las ideas fijas.

Es una psicología mezquina la que declara que el hombre es egoísta por naturaleza. El ojo claro de la empatía ve sin ninguna duda que esto no es así; al contrario, el hombre por naturaleza es generoso; esto se entiende al contemplar este bello edificio; la cualidad natural del hombre que da libremente la grandeza de su poder, con las manos llenas a rebosar, como diciendo: Hay más y más y más dentro de mí para dar, como lo hay dentro de vosotros mismos —si lo supierais— hombres de poca fe.

Cumpliendo con todos los requerimientos técnicos, y conforme a las bases del programa oficial de instrucciones, se posiciona claramente por delante y, con la estructura de acero como premisa, muestra una precisión de diseño que el mundo hasta ahora ni ha conocido ni ha imaginado. En su unanimidad de propósito concentrado, se revela una lógica de nuevo orden, la lógica de los seres vivos; y esta lógica inexorable de la vida es aceptada con agrado y realizada con fluidez de forma. Se alza del suelo como un suspiro que viene de la tierra y del genio universal del hombre, asciende con belleza majestuosa y serena hasta el límite de la ordenanza municipal de construcción de Chicago, hasta que su preciosa cresta se funde con el cielo.

Esto no es todo; quedan, para algunos, dos sorpresas: la primera, que un finlandés que, en su experiencia previa, no había tenido la ocasión de diseñar un edificio de esta magnitud, haya comprendido, como si hubiera nacido para ello, el problema complejo de la elevada estructura de acero, el significado de sus origines, y haya tenido presente inquebrantablemente la solución que ningún arquitecto americano ha sabido mostrar con la profundidad de pensamiento y determinación que ha logrado el finlandés.

La filosofía ha sido definida por un filósofo moderno como la ciencia de las bases sólidas. Es la notable falta de bases sólidas, en las ambiciosas obras de nuestros arquitectos americanos, que principalmente invalida tales obras y las define como efímeras. Pero el diseño del finlandés, maestro de ideas, parte de unas bases sólidas y, por lo tanto, vive dentro del dominio de lo eterno.

Segunda sorpresa: que un “extranjero” posea la necesaria perspicacia para penetrar hasta el fondo del idealismo sólido, fuerte, amable y ambicioso que reside en el corazón del pueblo americano. Un pueblo que un día les hará hijos de la Tierra verdaderamente grandes, y que posee el poder del poeta para interpretar y proclamar con profunda empatía y comprensión,  representado en un edificio que se alza desde la Tierra como respuesta a esta fe, un inspirador símbolo  para la eternidad.

¿Porqué los hombres del The Tribune  desecharon esta perla  tan valiosa?

Ojalá se pudieran decir palabras parecidas, aunque menos apasionadas, para el desgraciado primer premio, pero es el propósito de esta  crítica hacer un profundo análisis psicológico y un resumen de los dos diseños, como tipos, para revelar el arte de la arquitectura como un enorme poder beneficioso, ahora adormilado, preparado, siempre preparado, para que lo despierten los maestros de ideas, quienes lo harán realidad de forma elocuente.

Entonces seremos articulados como pueblo: porque revelar una forma de arte es revelarlas todas, todas las aspiraciones, las esperanzas; y la base de ello surgirá de nuestra fe tímida en el hombre, una fe paciente y resignada bajo la tiranía supersticiosa de las ideas descabelladas.  Pero una vez que la llamada del espíritu libre salga a la luz, y se oiga una voz que diga: “Levantaos, venid hacia mí, porque yo soy la vida”, entonces esa fe tímida se acercará con curiosidad, y el resplandor del espíritu libre se hará fuerte. El ego de nuestra Tierra  encontrará su  sentido porque el hombre encontrará al hombre. ¿Porqué, por lo tanto, hablar de trivialidades? ¿Porqué preguntar, con las gafas en la nariz, el porqué de esta o aquella menudencia?

Enfrentado al ojo limpio del análisis, el primer premio tiembla, confeso, y se derrumba. Visiblemente, no es arquitectura en el sentido aquí expuesto. Su fórmula es literaria: palabras, palabras, palabras. Es una estructura imaginaria, no imaginativa. Empezando con una premisa falsa, fue condenada a una conclusión falsa y, está claro, además,  que la conclusión fue la premisa verdadera, el proceso mental al contrario de lo que parece. La predeterminación de una enorme masa de albañilería imaginaria en lo alto precisó, naturalmente, de la aparición de unos pilares imaginarios que se alzaban desde el suelo para dar soporte imaginario. Un proceso de razonamiento tan raro es curioso. Recuerda a la guardería donde los niños apuestan millones imaginarios. ¿Es posible que su autor, en el fondo de su ser, haya creído que el poder y el paso repentino de  lo sublime a lo prosaico son la misma cosa? Parece ser que sí. También parece el resultado de una mente no formada en la maestría de las ideas, en la larga disciplina de las realidades y la prueba de bases sólidas. Más aún, se asemeja a las divagaciones de una mente no acostumbrada  a distinguir entre arquitectura y un escenario pintado. Este diseño, este edificio imaginario, este simulacro está tan indefenso, tan desvalido frente a la maestría de las ideas y la validez de las bases, que es cruel seguir, porque el análisis ahora se transforma en la vivisección, a menos que reconozcamos el efecto palpable del autohipnotismo. Esto no quiere decir que el individuo que diseñó el primer premio no creyera que tenía una idea maravillosa. Ciertamente lo creía, de lo contrario no se hubiera tomado a sí mismo tan en serio. Tanta seriedad le impedía ver el humor de la obra, ver algo divertido y cándido. Si se pudiera quitar cuidadosamente el monstruo de la cima con sus largas patas que alcanzan el suelo, el edificio verdadero se revelaría como algo simpático y delicado dotado de una cierta gracia. Y aun así, sería como un huérfano en el umbral de la puerta del finlandés —porque parece que crían hombres fuertes en Finlandia—.

Hasta aquí, por el momento, acerca del primer premio y el segundo.

Ahora nos centraremos en The Tribune. Con “The Tribune” no sólo nos referimos al papel blanco impreso, sino a los hombres que están detrás, que representan la propiedad y el control. Estos hombres hicieron una solemne promesa al mundo. ¿Porqué  renegaron de ella? Individualmente y colectivamente hicieron una promesa triple –anteriormente expuesta– como miembros del jurado del premio. Un diseño que mostraba la más bella concepción de un edificio de oficinas alto que jamás ha sido creado por la mente fértil del hombre se presentó ante ellos en el  último momento. ¿Tuvieron miedo? ¿Por qué se echaron atrás? ¿Se les apareció como un fantasma, una revelación no deseada en un momento de aparente estabilidad? ¿Fue esta visión tan triplemente desconcertante como la triple promesa, que aparecía ahora como un espectro —dos espectros juntos—, ambos diseños, materializados, uno al lado del otro?

Porque no hay elección sin motivo. Los hombres se revelan y se traicionan con sus actos. Los actos de los hombres revelan sus pensamientos más íntimos, independientemente  de sus palabras. El hombre solamente puede crear como reflejo de su pensamiento; porque los pensamientos son vivos, las palabras pueden encubrir. Únicamente en sus actos se encuentra  la realidad del pensamiento del hombre,  no hay lugar seguro para huir del que busca. De la misma manera, los dos dibujos que competían son actos. Cada uno revela claramente el pensamiento de su autor. Cada uno muestra, de forma material y como símbolo de un edificio por construir, la fuerza o la debilidad del pensamiento interior.

Ninguna manipulación del discurso ni  palabras bonitas puede esconder el acta del jurado del premio ni la voluntad dominante de uno o más de sus miembros. La elección final es claramente un acto de dominio, de infortunio brutal. Desechar, la dádiva de un premio en dinero, la obra maestra de un “extranjero” con la alta distinción y disciplina de obras ejecutadas, fue un acto salvaje en privado, con independencia de la amabilidad y la educación que mostraron al despedirle como un invitado de honor, cuya presencia en la casa había honrado triplemente al anfitrión.

De este modo desapareció de la vista el arco en la nube de The Tribune.

Su acto ha privado el mundo de una señal brillante, de un monumento a la belleza, a la fe, al coraje y a la esperanza. Ha privado a un mundo expectante  de ese romance que ansía y había esperado recibir.“Se ha de reiterar que el objetivo principal de The Chicago Tribune al lanzar este concurso era conseguir el diseño para una estructura singular e imponente, el edificio de oficinas más bello del mundo”.

Selección y revisión: Fernando Alvarez Prozorovich

Traducción: Anne Ludlow

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