Preámbulo a “El maravilloso mundo de la arquitectura”

El siguiente texto fue encontrado sobre la mesa de Frank Lloyd Wright, en forma de manuscrito, la mañana en que murió. Se trata del prefacio que escribió para un libro sobre arquitectura destinado a un público juvenil, que le había encargado un editor británico para ser incluido en la colección “The Wonderful World of…”


Construir es un hecho que el hombre comparte con los animales, pájaros, peces e insectos. Pero la arquitectura —la mayor de las artes— empieza allí donde acaba la construcción animal y se impone el dominio del hombre: su espíritu. Algunas formas de vida inferiores construyen por instinto hereditario: las conchas del mar, los nidos de los pájaros, los panales de las abejas, las ciudadelas de las hormigas. Toda esta construcción animal es un regalo de la naturaleza. Entre tan apabullante variedad encontramos, en la vida de las criaturas, indicios de construcción con tierra muy anteriores a que la civilización humana comenzara, o hubiera podido comenzar, a aparecer como arquitectura.

Así pues, a pesar de que la arquitectura es construcción, este vasto mundo de la construcción de las criaturas no es arquitectura. Gracias a una buena información heredada, su belleza es natural, como por ejemplo, la del caparazón de las tortugas creado por las torpes tortugas. Toda construcción animal es elemental y su belleza, inevitable. Podemos observar esto en las pequeñas casas de mar en miniatura que podemos recoger en la orilla o que encontramos, milagrosamente, en el fondo del mar. Todo este mundo animal construye con un elemental sentido de la unidad determinado por las condiciones concretas de su vida y entorno. La belleza, entonces, es la consecuencia de un don innato. Así, vemos la unidad de la existencia con las fuerzas que miden, determinan y hacen madurar a este don de la construcción natural por herencia.

Las plantas también construyen; de la semilla nace la raíz, luego el tallo y la rama para poder soportar la flor exquisita y el fruto consiguiente. El árbol crece hasta la majestuosidad. Vemos la congruencia, la continuidad y la plasticidad como cualidades en toda construcción natural. La belleza está provocada por algún místico poder innato  elemental como lo es la vida para sí misma. La armonía es orgánica y se hace perceptible al ojo humano. Por todas partes se vive la vida natural y apela a nuestro sentido de lo apropiado. Nosotros llamamos a esto belleza concordante y nos parece un gran don de la naturaleza.

El hombre, aunque él mismo es un patrón natural como el antílope o el caballo, parece no haber tenido tal instrucción innata para construir. El ser humano parece ser dependiente de la inspiración de una fuente superior. Ni por herencia ni por instinto llega el hombre a alcanzar la belleza natural. Parece que haya perdido mucho de su acuerdo, concordia y simplicidad y, en su lugar, haya dejado a su paso un rastro de fealdad, en vez del nombre que damos a esta realidad de la naturaleza: la belleza. En todas las civilizaciones humanas, este derecho natural a la belleza parece dejado a merced de la visión del hombre de sí mismo y el asunto parece no descansar tanto en su educación como en la cultura de su espíritu.

Solo cuando el espíritu del hombre toma conciencia de la necesidad de la bendición de la belleza en su modo de ser, para apoyo de su alma y elevación de su espíritu así como para complacer y proteger su cuerpo, el hombre parece compartir su instinto hacia la belleza con especies y formas de vida inferiores. Así pues, la construcción humana es en gran parte el mero oficio del carpintero con su escuadra. Con el uso de los muy diversos conocimientos que posee, el hombre está a la vez equipado y limitado, hasta que despierta a la percepción de la verdad intrínseca de la forma. Entonces la belleza acude al rescate y aparece la arquitectura, la mayor de las artes de la humanidad. De la misma forma vemos también la escultura, la pintura y la música.

La ciencia puede producir una civilización pero no una cultura. La vida humana, solamente bajo la ciencia, permanece estéril. Esos oficios, en esencia, son parecidos al de la escuadra del carpintero. Debido a esto, un recurso en construcción es el del “marco rectilíneo de referencia”, con su deducción intelectual por vía del carpintero. El ingeniero es un científico pero, por más ingenioso e inventivo que pueda ser, no es un artista creativo. Carece de referencia cierta a la forma de las armonías orgánicas para poder considerarlo factor determinante de la vida creativa del hombre. Parecen raras, difíciles de obtener, esas cualidades que deben caracterizar al hombre y permitirle alzarse sobre sus asociados protoplasmáticos en la Tierra. Pero el gran don del hombre reside en su capacidad de imaginación. Debido al exceso de confianza en la ciencia, raras veces esta imaginación giró hacia sí, hacia la belleza de sí mismo: el propio refugio espiritual del hombre. Cuando realmente la imaginación toma su ser y a medida que la mente humana se hace dueña de su destino, la belleza se convierte en una experiencia vital de grandes consecuencias para él. En ese preciso instante, más allá de los instintos de los órdenes de vida inferiores en niveles más bajos de existencia, aparece la arquitectura creativa del hombre: la mayor prueba de su alma inmortal. Para cualificar su vida en la Tierra, su arte ha surgido de su propio espíritu cada vez más conscientemente, superando las dificultades propias de la ciencia sobre las circunstancias de su vida terrena. Las necesidades del hombre incluyen la vida espiritual y, a partir de aquí, sus edificios crecieron como arquitectura, la auténtica flor y fruto de la imaginación humana. La arquitectura yace, en lo más profundo, como la básica cultura de todas las civilizaciones, servidora y servida por las artes de la escultura, la pintura y la música.

A través de su arquitectura podemos llegar a ver cómo, en tiempos pasados, el hombre ha triunfado sobre la mera construcción: veremos cómo las excentricidades étnicas cambiaron su visión y moldearon el “estilo”. Por último, podremos observar como los grandes cambios en su vida han desarrollado su arquitectura, que ha quedado por y para la posteridad.

En el reino animal podemos ver como las formas siempre siguen a la función. Pero el hombre ve la forma y la función como una misma cosa en el reino imaginativo, donde el espacio toma cuerpo en el mundo de la forma que llamamos arquitectura. Esta es la más grande consecuencia de la vida del arte para la humanidad en la medida que el hombre procede de su cueva aborigen en el camino de sus dioses hacia Dios.

Como el hombre —el salvaje— emerge de la cueva natural para construir la suya propia, los orígenes de la historia de la arquitectura se pierden de vista. Cuando se civilizó a sí mismo, adornó estas cuevas artificiales al colocarlas fuera, sobre el suelo bajo el sol. Justo después llegaron los edificios, de la voluntad del propio hombre. Creó el espacio en el que vivir; no únicamente protegido de los elementos sino también del resto de los humanos. Pero esto no fue suficiente: para vivir satisfecho, esto es civilizado, se propuso hacer bellas estas cavernas-edificio. Entonces nació la arquitectura.

Traducción: Joanaina Font y Xavier Irigoyen
Selección y revisión: Ángel Martín Ramos

Frank Lloyd Wright

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