Pero hoy coleccionamos anuncios

El presente artículo fue publicado en la revista finlandesa Ark en 1956 con el título “But today we collect ads”.

Tradicionalmente, las artes populares han dotado de vitalidad a las bellas artes y éstas de legitimidad a las primeras. Se ha dicho que las cosas apenas “existen” antes de que el artista haya hecho uso de ellas, rescatándolas del universo material sin clasificar sobre el que desarrollamos nuestras vidas. La transformación del objeto cotidiano en una manifestación artística puede darse de distintas maneras: el objeto puede ser descubierto −es el objet trouvé o el art brut− y no experimentar ningún tipo de transformación; bien puede suscitar un mito literario o popular y quedarse asimismo igual; o bien puede usarse como trampolín hacia algo distinto, y verse transformado.

Le Corbusier, en el Volumen I de su Oeuvre Complète describe cómo evolucionó el “mecanismo arquitectónico” de la Maison Citrohan (1920). Dos técnicas artísticas populares se combinaron y transformaron para conseguir una estética artística: la instalación de una pequeña barra de cinc al fondo con un amplio ventanal del café a la calle, y el cierre vertical de vidrio típico de la fábrica suburbana.[1] El mismo mecanismo arquitectónico acabó produciendo la Unité d’Habitation.

La Unité d’Habitation demuestra la complejidad de la manifestación artística ya que, debido a su génesis, pasa por la inspiración del arte popular; por el arte histórico entendido como patrón de organización social y no como fuente de estilo (como se observa en la Chartreuse d’Ema, 1907); y por las ideas de reforma social y revolución técnica trabajadas pacientemente a lo largo de cuarenta años, tiempo durante el cual lo social y lo tecnológico se encontraron a medio camino en Le Corbusier, en parte como resultado de sus propias actividades.

No es fácil explicar por qué algunos objetos de arte popular, ciertos estilos históricos o ciertos artefactos y métodos industriales toman importancia en un momento determinado.

Gropius escribió un libro acerca de silos de grano.

Le Corbusier, otro sobre aviones.

Y Charlotte Perriand traía un nuevo objeto a la oficina cada mañana;

pero hoy coleccionamos anuncios.

La publicidad ha causado una revolución en el campo del arte popular. Ha adquirido legitimidad por derecho propio y está ganando terreno a las bellas artes en su eterna disputa. No podemos ignorar que una de las funciones tradicionales de las bellas artes, la definición de lo que es bello y conveniente para la clase dominante y en última instancia aquello que es deseado por toda la sociedad, ha sido tomada ahora por los publicistas.

Para entender los anuncios que aparecen en el New Yorker o en Gentry uno tiene que haber hecho un curso de literatura dublinesa, leer el artículo de divulgación sobre cibernética del Time, y haberse especializado en Alta filosofía china y en Cosmética. Tales anuncios están llenos de información, de datos sobre un estilo y una calidad de vida que inventan y documentan al mismo tiempo. Anuncios que solo intentan venderte el producto como un accesorio natural de un estilo de vida. Son buenas “imágenes” y su virtuosidad técnica es casi mágica. Muchas implican tanto esfuerzo para una página como el necesario para la construcción de una cafetería. Y esta realidad pasajera está aportando mayor contribución a nuestro clima visual que cualquiera de las tradicionales bellas artes.

El artista plástico suele ignorar que su mecenas o, más frecuentemente, la mujer de su mecenas, que es quien hojea las revistas, está viviendo en un mundo visual diferente al suyo. El pop-art actual, el equivalente a las naturalezas muertas de los maestros holandeses, los cuadros de segunda categoría de todas las escuelas del Renacimiento y los grabados que presentaban por primera vez al público la “Maravillosa Era de la Máquina” y los “Nuevos Territorios”, se encuentra en las páginas satinadas de nuestras revistas ligado a los objetos de usar y tirar.

En lo que atañe a la arquitectura, la influencia de la publicidad sobre los estándares y aspiraciones de las masas es mucho más fuerte que los pasos dados por los arquitectos de vanguardia, y está asumiendo las funciones de reformistas sociales y políticos. Las industrias de producción masiva ya han revolucionado la mitad de la casa -cocina, baño, lavadero y garaje- sin la intervención del arquitecto, y el muro cortina y la construcción modular prefabricada nos están obligando a revisar nuestra actitud hacia la relación entre el arquitecto y la producción industrial.

Desde un punto de vista artístico, el edificio modular prefabricado, que por su naturaleza misma solo puede aproximarse a la forma ideal a la que aspira, es sin duda un mal edificio. Pero por regla general, escuelas y garajes que han sido construidos con sistemas prefabricados dejan con el culo al aire a los arquitectos que proyectan en ese campo. Están especialmente conseguidos en su modestia y en la facilidad con la cual se integran en la jerarquía edificada de un barrio.

Bajo este mismo punto de vista, el muro cortina tampoco puede tener éxito. Con este sistema el edificio está envuelto por una piel que tiene unas dimensiones sin relación alguna con su forma y organización. Sin embargo, resulta que el mejor edificio de oficinas de posguerra londinense está completamente formado con un muro cortina. Dado que la única cualidad de este edificio es el muro cortina, ¿cómo puede ser que eclipse a otros edificios que han sido laboriosamente trabajados por respetados arquitectos y por la Real Comisión de Bellas Artes?

Para los arquitectos de los años veinte “Japón” significaba la casa japonesa de las estampas y las pinturas, la casa con su techo retirado, el plano delimitado por finas líneas negras. (Como decía Gropius “Todo el país parece un gran curso de iniciación al diseño”). En los años treinta Japón significaba jardines, el jardín que penetra en la casa, el tokonoma.

Para nosotros serían objetos en las playas, un pedazo de papel que sobrevuela la calle, un objeto de usar y tirar y su embalaje.

Aunque hoy coleccionamos anuncios.

La vida cotidiana está recibiendo potentes influencias de esta nueva tendencia. Mientras que hace treinta años los arquitectos encontraban en el campo de las artes populares técnicas e inspiración formal, hoy estamos siendo expulsados de nuestro rol tradicional por este nuevo fenómeno de las artes populares: la publicidad.

La publicidad de masas está marcando completamente nuestro patrón de vida: nuestros principios, nuestra moralidad, nuestros objetivos y aspiraciones, y nuestra calidad de vida. Por lo tanto, debemos, de algún modo, tomar la medida a esta intromisión si queremos unir sus poderosos y emocionantes estímulos con los que nosotros, los arquitectos, tenemos en nuestra mano.


[1] Le Corbusier encuentra en el café parisino una correspondencia con lo que puede ser la organización de la casa para el hombre. (N. del T.).

Selección y revisión: Ángel Martín Ramos.
Traducción: Maria Badia i Ricard Gratacòs.

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