Arrepentimiento



Colón pidiendo perdón. Podría estar haciéndolo a sabiendas de que el triste fragmento de ciudad que señala fue importado desde el continente cuyo descubrimiento se le atribuye. Quizá lo pida consciente de que no escasean las dudas sobre la autenticidad del propio descubrimiento. Tal vez sea porque ya ha llegado el momento de que el devastador genocidio en el que este consistió no disponga de más justificación ni de más motivos de celebración. En cualquier caso, no parece que al monumento le falten razones para el arrepentimiento. Su presencia está lejos de ser inocua.

La estatua es el miembro más veterano del selecto club de hitos que integran el logotipo de la marca Barcelona. Sus perfiles se recortan contra el cielo en las innumerables versiones de un skyline simplificador que empaqueta la identidad de toda la ciudad para servirla como un vistoso producto take away. Pese a su apariencia fresca y desenfadada, el club es algo críptico y hermético. Sus miembros solo se presentan en sociedad una vez admitidos. Así, sin permiso ni consenso que los legitime, se autoerigen ante el mundo en representantes de nuestra afamada ciudad.

Las figurillas del gracioso pesebre se codean unas con otras de forma ecléctica y amalgamada. No hacen distinciones de origen, tamaño o edad. Aún así, los poderes fácticos del dinero privado están representados con mayoría abrumadora. La torre Agbar, las chimeneas del Paral·lel y la torre de Collserola simbolizan las serviciales compañías que nos suministran, respectivamente, el agua, la electricidad y las telecomunicaciones. El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia encarna a la santa Iglesia católica, asistida algunas veces por el Cristo de brazos abiertos que corona el Tibidabo. La torre Mapfre es una tosca metáfora de la menguante seguridad que brinda el Estado, mientras que el hotel Arts y el W (alias Vela) representan al todopoderoso lobby que, desde la sombra, gobierna de facto la ciudad.

Como embajadoras de lo que nos debería pertenecer a todos, tan solo disponemos de la estatua de Colón y de la que Miró levantó en el Parc de l’Escorxador. En su condición de hitos públicos, ninguna de las dos alcanza la potencia icónica de la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben. Su discreción les permite confundirse con el resto de socios sin aguarle la velada al sector privado. Mientras tanto, el falo de Nouvel, como estrella indiscutible de la fiesta, encandila a todo el mundo, incluida la administración. La televisión pública catalana no duda en usarlo como telón de fondo en la retransmisión de las campanadas de fin de año; el Ayuntamiento de Barcelona le dedica el encabezado de su web oficial; la flota de TMB lo pasea por las calles en autobuses públicos aunque reservados a inmigrantes con dinero.

Si es la inofensiva timidez de nuestras estatuas lo que les ha abierto las puertas del club, seguro que también habrá ayudado la pertinencia del mensaje que transmiten. El monumento a Colón se erigió para dar la bienvenida a los viajeros que llegaban al puerto para visitar la Exposición Universal de 1888. La estatua Dona i Ocell, junto con el mosaico de la Rambla y el mural del aeropuerto, son las tres obras con las que Miró respondió a un encargo del ayuntamiento tardofranquista para saludar a los turistas que empezaban a llegar a la ciudad por tierra, mar y aire. La hospitalidad es una loable virtud de la que la historia de Barcelona ha dado numerosas pruebas. Hoy, sin embargo, no son pocos los barceloneses que opinan que la ciudad se afana en agradar a sus invitados antes de afrontar sus problemas domésticos. Y, sobre todo, antes de acoger a los que no han sido invitados.

Más allá de su significado, ambas estatuas nos indican que la facilidad con que el hito se reconoce al recortarse contra el cielo es un mérito de peso para ser aceptado. Podemos adivinar que, entre las exigencias del cliente precavido que encarga un edificio estelar, tendrá preferencia la peculiaridad de la silueta. También una posición exenta que le garantice una buena porción de cielo despejado. Dado que tiene premio, el cumplimiento de estos requisitos prevaldrá sobre su coherencia con el contexto, sobre su solidaridad con la trama urbana. Y la protección de estas cualidades depende, precisamente, de una administración que adora fetiches aislados. Se nos puede acusar a todos de haber puesto al zorro a vigilar el gallinero. Su pasión por lo exento tiene nefastas consecuencias. Le impide darse cuenta de que en Barcelona, al contrario que en las grandes capitales, es tradición el contacto físico entre lo monumental y lo prosaico. Fiel a esta tradición, Santa Maria del Mar resiste mezclada con sus vecinos. Por el contrario, el Liceu y el Palau de la Música no han escapado a ser liberados.

Una ciudad que se reconoce a sí misma en alzado corre el peligro de pensarse en alzado. Si además jalea la competencia vertical, si se concibe como una colección inconexa de siluetas pintorescas, se acaba llenando de desequilibrios formales y sociales. En la mejor Barcelona, en la que se ha pensado también en planta, el espacio público vertebra las pulsiones del sector privado. Pese a las embestidas que han diezmado su socialismo utópico, este es el caso del Eixample Cerdà, donde la enriquecedora diversidad de las idiosincrasias particulares convive ordenadamente en el marco de un proyecto común.

Volviendo a la fotografía, la chapa recortada que corona la estatua no pretende otra cosa que significarla. Además de aportarle humanidad a un falso descubridor y auténtico genocida, ofrecería una imagen más ética de la ciudad que representa. Se puede objetar que no corren tiempos para tunear estatuas, pero es evidente que la escasez actual es consecuencia de una crisis de valores. Se acercan tiempos revueltos y termina la tregua durante la cual la arquitectura ha olvidado que lo urbano es indisociable de lo político, que no hay estética sin ética. Pero este ya sería otro artículo.

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