CARLOS MARTÍ ARÍS. La luz es el tema

La Luz es el Tema es una sección dedicada a difundir el conocimiento sobre la luz en la arquitectura a través de la publicación de entrevistas, artículos inéditos o resúmenes de tesis doctorales. No obstante, en esta ocasión he querido hacer una excepción para dedicar un pequeño y afectuoso homenaje al arquitecto y profesor Carlos Martí Arís (Barcelona, 1948), un catedrático sin cátedra cuya extensa obra editorial no ha sido siempre suficientemente conocida ni reconocida.
Además de haber sido subdirector de la revista 2c hasta 1985, Carlos Martí ha sido el impulsor de iniciativas editoriales como la colección Arquitectura-Teoría de Ediciones Serbal, las colecciones Arquíthesis y La cimbra de la Fundación Caja de Arquitectos o la revista DPA del Departamento de Proyectos Arquitectónicos de la UPC. Entre sus libros cabe destacar Las variaciones sobre la identidad. Ensayo sobre el tipo en arquitectura (1990) —que será reeditado próximamente—, Silencios elocuentes (1999), Las formas de la residencia en la ciudad moderna (1991) y Santiago de Compostela. La ciudad histórica como presente (1996).
A aquel que desconozca su obra escrita le diré que Carlos Martí no escribe sobre arquitectura, sino que escribe arquitectura. Escribe como arquitecto y, por tanto, asimila el acto de escribir al de proyectar. Sus textos se constituyen en pequeñas obras de arquitectura en las que no se llega a la forma por medio de la materia sino a través de la palabra.
De entre sus numerosos y variados textos he elegido para la ocasión un escrito en el que, a propósito de la obra de Elisa Valero Ramos, Carlos Martí comparte con el lector sus reflexiones sobre la luz.

[Elisa Valero Ramos es Catedrática de Proyectos de la ETSA Granada. En el número 24 de Diagonal colaboró con La Luz es el Tema con una entrevista y un artículo. Le agradezco personalmente su generosidad al permitir la reproducción total del prólogo que Carlos Martí le dedica en Elisa Valero: arquitectura 1998-2008, editado por General de Ediciones Arquitectura.]


LABORATORIO DE LUZ, por Carlos Martí Arís

1 Puede parecer extraña la idea de basar la definición de arquitectura, una actividad intrínsecamente ligada a la materialidad, al peso y a la voluntad de permanencia, en algo tan intangible como la luz. Sin duda se corre un cierto riesgo al colocar un fenómeno tan cambiante y evanescente como la luz, en el centro mismo de la arquitectura que es siempre acción enérgica y visualización del persistente esfuerzo del ser humano para encontrar su lugar en el mundo. Y, sin embargo, puede afirmarse que solo cuando la luz ha sido domesticada y controlada mediante artefactos que regulan nuestra relación con ella o permiten canalizarla hacia ese objeto que queremos destacar, es decir, solo cuando somos capaces de convertir la luz en instrumento que moldea el espacio y lo individualiza, a la vez que lo reintegra a la universalidad de las leyes cósmicas, y solo entonces, cabe hablar con propiedad de la arquitectura como arte, como facultad del espíritu, y de aquellos que la ejercen como verdaderos arquitectos.

Elisa Valero, valiéndose de su fina intuición y de su perspicaz mirada, ha sabido desde el principio que la luz forma parte de los ingredientes esenciales de la arquitectura. No en vano su tesis doctoral versaba sobre este tema y dio lugar a un libro titulado La materia intangible; reflexiones sobre la luz en el proyecto de arquitectura. Solo que, lejos de toda pretensión metafísica, ella analiza la acción de la luz sobre los cuerpos y las cosas viéndola como recurso técnico que conviene ante todo estudiar y experimentar, es decir, conocer, en vez de encasillar el tema, sin más trámites, en la esfera de lo trascendente y lo inefable, lo cual sería una forma de neutralizarlo.

Esplendor y claridad son sinónimos de luz, mientras que oscuridad y tinieblas son sus antónimos. Elisa Valero, citando a Le Corbusier, afirma que “cuando el ojo ve claramente, el espíritu decide firmemente”. Esa firmeza que inerva sus proyectos desde dentro, resulta compatible con la sensualidad y el sosiego de las formas. Hay en su trabajo una difícil naturalidad que, inicialmente, remite a un mundo de formas distendidas y estáticas; pero cuando éstas entran en carga, es decir, cuando alguien activa el edificio y éste empieza a actuar como un diafragma que calibra su luz interior, dichas formas se tensan, los elementos materiales se perfilan y muestran la distancia que los separa; el espacio cobra entonces su justa medida y la tonalidad que le reclama el uso. Y todo ello se produce gracias al don de la luz, siempre que se maneje con la pericia y el rigor que Le Corbusier reclamaba a los arquitectos en su famosa advertencia: “las técnicas constituyen la base del lirismo”.



2. La luz es a la arquitectura lo que el viento a la navegación a vela, o lo que el toro bravo a la tauromaquia: una energía incontenible y desbocada que, a través del ingenio, el saber y la paciencia humanos, hay que reconducir y domesticar, convirtiéndola en nuestra aliada.  Al toro le corresponde embestir y al torero lidiar, es decir, transformar la fuerza de la embestida en calculado desplazamiento, en detención tensa y concentrada, en movimiento y compás,  en “figura” dinámica de una danza capaz de reunir en una sola cosa al toro, al torero y al engaño. Así opera el verdadero arquitecto con la luz, enredándola en sus artificios, convirtiéndola en obediente protagonista de un acto ritual cuyo guión solo él conoce. Así procede Elisa Valero, observando el problema de frente con actitud atenta y expectante, manteniendo firmes los ejes que rigen el proyecto y amoldando la construcción a las circunstancias que el lugar va desvelando al arquitecto, susurrándole al oído sus secretos. Así es como se lidia una obra de arquitectura.

Hay, ciertamente, unos climas más propicios que otros para la práctica y el disfrute de la arquitectura. Pero, excluyendo los extremos, son muchas las regiones climáticamente hospitalarias del planeta. En todas ellas, el sol, la única fuente primigenia de luz para el humano, ejerce su soberanía indiscutida. Y al sol, como a todo soberano, hay que tratarle a la vez con respeto y con distancia: conviene que no nos desasista, pero también hay que procurar que no nos aplaste. Al conjunto articulado de protocolos que regulan las relaciones que se generan entre el sol como fuente de energía y de luz, y el lugar que el ser humano adopta como espacio habitable, le llamamos arquitectura.

Por instinto y por elección, la obra de Elisa Valero pertenece a una de esas partes del planeta predestinadas a acoger la vida humana: la que, con suficiente imprecisión, llamamos el Mediterráneo. Después de haber pensado en ello, no encuentro ninguna caracterización más compresiva del trabajo de esta joven arquitecta que su radical pertenencia a la cultura del mediterráneo. Sé que esta expresión arrastra consigo gran cantidad de tópicos y equívocos. Pero, a pesar de ello, creo que mantiene incólume su sentido profundo, su capacidad de aglutinar visiones surgidas de pueblos tan diversos y en épocas tan distantes.

No hace mucho, en una brillante nota periodística, Xavier Monteys recordaba que a la pregunta de hasta dónde llega el Mediterráneo se suele responder: hasta donde llega el olivo. A lo que cabría añadir: hasta donde el paisaje es dominado por el muro blanco. Los muros blancos que acotan, encuadran o recintan las obras de Elisa Valero, y que hasta ahora han sido uno de los más claros signos distintivos de su obra, son así porque no requieren ser de otro modo. Solo los ignorantes pueden tomarlos como signo de pobreza cuando, en realidad, son prueba de austeridad y de elegancia, o sea, de auténtica riqueza.

3. Desde el estudio de Elisa Valero se pueden contemplar las murallas, las torres y los bosques de la Alhambra. A mi juicio, no se trata de un hecho fortuito sino de una elección bien calculada. Todo arquitecto, para crecer, elige a unos maestros con los que confrontarse, unos puntos fijos que le acompañan y le sirven de referencia. Una pequeña construcción o un gran monumento también pueden ser un maestro. Elisa Valero ha adoptado la Alhambra como su gran maestro y es lógico que, para dejarse empapar por sus lecciones, quiera estar cerca de él. Pero estos monumentos-maestros no dictan sus lecciones en público; hay que acercarse a ellos con calma y actitud concentrada, guardar silencio y esperar a que nos hablen.

Así lo han hecho a lo largo de la historia tantos y tantos arquitectos que, además de visitar la Alhambra, han sabido comprenderla y han regresado a su mundo transformados, incubando una fiebre y un deseo de arquitectura que se ha instalado en su espíritu de un modo crónico. Valga por todos el ejemplo señero de Luis Barragán. La Alhambra fue para Barragán un verdadero tratado de arquitectura y de vida al que siempre cabía acudir para consultarle lo que uno quisiera y cuando uno quisiera. Y si queremos citar algún otro ejemplo en esta misma línea podríamos nombrar a Julio Cano Lasso, con el que Elisa Valero tiene más de un punto de contacto.

El monumento es, además, un maestro que puede ser compartido por muchos y que, por ello mismo, genera en torno a sí un grupo apiñado de discípulos, una especie de sociedad secreta de la que forman parte muchos más socios de los que, en principio, cabría suponer. Estamos, pues, en las antípodas del llamado star system que se caracteriza por la suposición de que cualquiera puede pasar por estrella siempre que tenga el descaro suficiente para hacernos creer que brilla con luz propia, sin darse cuenta de que tan solo el sol puede ostentar esa condición en nuestro sistema planetario.

Cuando la luz natural ilumina la arquitectura de un modo matizado podemos tener la sugestión de que esa luz es irradiada desde su interior por la propia materia. Pero es aun más extraordinario comprender que esa luz es el reflejo del fulgor primigenio que, al rebotar en los límites del mundo, va delineando las formas del tiempo cotidiano. Los cuerpos más bellos son los que saben que la luz que reflejan no les pertenece, y son entonces el testimonio de que su luz es, ante todo, el reflejo de algo, el anuncio de algo que está por manifestarse pero que de momento nos resulta inasequible y misterioso.

Una resposta a CARLOS MARTÍ ARÍS. La luz es el tema

  1. La verdad este ensayo me ha permitido reflexionar en el que hacer de nuestra profesión, creo que estamos enfrascados en un bu mm tecnológico y desvalorizando las maravillas que nos ofrece nuestro universo como la luz, la ventilación y el sonido natural.

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