Arquitecturas de barro

El chirrido del freno irremediablemente repetido en cualquiera de los destartalados taxis de forzadas siete plazas del país anuncia nuestra llegada al ksar Al Khorbat. Por fin quedaron atrás las inacabables curvas sobre abruptos precipicios por las que el autobús, como al inicio de la película Babel, serpenteaba atravesando aquel paisaje de profunda aridez tan solo salpicado de tanto en tanto por el verdor de los pequeños oasis y palmerales del valle del Todra.

Ni el interminable viaje, ni la tórrida atmósfera ni el aire cargado de polvo borran los modales de las cuatro estudiantes extranjeras recién llegadas, que dan las gracias al taxista en la que presuponen su lengua: el darija, mayoritario en Marruecos. Sin embargo, al bajar del viejo Mercedes Benz, los grandes símbolos del alfabeto tamazigh que se erigen orgullosos grabados en la muralla pronto les hacen dudar de la idoneidad del uso de esa lengua en esta región del sur. Dispuestas, atraviesan la entrada al ksar, o mejor dicho, en bereber, del igrem, bajo la fría y escrutadora mirada de los fieles ancianos que, custodiándola, esperan el siguiente rezo preguntándose cuánto tardará ese nuevo grupo en hacer gala de la intromisión propia de su condición de turistas. ¿Qué será lo que atrae hasta allí, su humilde pueblo de barro, a tanto visitante de indecente atavío e insolente cámara fotográfica? Quizás este interés turístico no existiría sin la figura del escritor y periodista afincado en Marruecos Roger Mimó, estudioso y conocedor desde hace décadas de esta región y su arquitectura, la cual, además, trata de salvaguardar no tan sólo mediante su divulgación sino también físicamente tras haber dirigido varias rehabilitaciones.


Pozos de luz


Atravesando el tansrit aparece lo que llamaríamos una plaza de no ser porque nadie osa detenerse allí, sin ninguna sombra y bajo el sol abrasador, y por la total ausencia de mobiliario urbano (por cierto, no estaría de más alguna papelera incluso en este país aún con escasa conciencia ecológica). Tan solo a un lado de este espacio descansa un montón de barro mezclado con briznas de paja, que madura a la intemperie, destinado a conformar el revestimiento de alguno de los muros de las pequeñas obras de rehabilitación que algunos habitantes del ksar realizan respetando la tradición. La técnica constructiva con la que en su día se levantaron la mayor parte de estos muros que conforman el entramado urbano es la del tapial. El origen del tapial no está claro, algunos autores en el pasado siglo aseguraban que procedía de la Península Ibérica. Lo que sí está claro es que ya coexistían en África y en la península en la época prerromana, antes del siglo I, quizás como legado fenicio, así como el término del árabe antiguo de donde procede: tabia, cuya raíz, tab, también ha sido entendida por algunos lingüistas como la onomatopeya del apisonamiento de la tierra. Ciertamente, el prensado de la tierra mediante impactos con un pisón o mazo de madera dentro del encofrado a tongadas de no más de 20 centímetros es la base de esta técnica constructiva, una de las de mayor difusión y antigüedad a nivel mundial. El encofrado, tradicionalmente, está formado por dos tablas de madera apoyadas sobre travesaños o agujas arriostradas con listones o costales y cuerdas tensadas. Las dimensiones de este conjunto debían permitir trabajar a dos o tres personas apisonando sin estorbarse en su interior y sin golpearse los codos, por lo que sus dimensiones oscilan entre los 80 y los 90 centímetros de altura por 2 ó 2.5 metros de largo, con una separación entre las dos tablas, que es la que determina el ancho del muro, que oscila normalmente entre 40 y 60 centímetros, pero que en algunos casos puede ser de hasta 1 metro. El otro método de construcción más frecuente que encontramos en los ksur es el de los adobes, fabricados compactando una mezcla de barro y paja dentro de un molde de madera de medidas más similares a las de un ladrillo y secada al sol, que en verano llega a estar lista en un solo día y en invierno se debe esperar para ello hasta cuatro. Uniendo los adobes entre sí con fango son empleados en columnas, portales, jambas, arcos, escaleras y en las paredes de menor espesor. Actualmente en España todavía se conservan numerosas construcciones en barro en Castilla la Mancha, Levante, Cataluña y Aragón.

Junto a aquel montón de barro, en la fachada opuesta de la plaza, un arco invitaba a pasar a un espacio que se insinuaba, por suerte, más umbrío. Efectivamente, tras el arco, estaba la calle principal que, cubierta, como lo serían todas las demás, era atravesada por los forjados de tronco de palmera. Éstos amplían las parcelas de planta baja en sección y configuran así una alternancia de tramos de calle cubierta de siete a ocho metros de longitud, interrumpidos por patios de dos o tres metros que, con excelencia, actúan como chimeneas térmicas y espléndidos pozos de luz. Comenzamos a sentir el privilegio de recibir tan elementales y magistrales lecciones de arquitectura a la vez. Comenzamos a disfrutar de este humilde lugar y del microclima que, en su interior, ha creado sabiamente el hombre mediante la compacidad de esta estructura de vivienda colectiva y el grosor de sus muros de tierra que la aísla de las duras condiciones climáticas del exterior. La austeridad de la vida aquí se refleja en la arquitectura, expresada solo como luz y materia y con un material tan sencillo como la tierra. Nuestra memoria nos remite con cierta nostalgia, en estos tiempos de la arquitectura de la imagen, a la austeridad dominica, materializada por Le Corbusier en la Tourette, o a otras obras que con rigurosos medios elevan la luz y el espacio a tan sublime expresión.

Mientras, la tranquilidad y el frescor de las calles de Al Khorbat invitan a detenerse ahí. A sentarse confortablemente como lo hacen los jóvenes lugareños en los bancos adosados a las fachadas de las casas, antiguas aceras que, gracias a la diferencia de cota respecto al nivel del suelo, protegían los pies de los transeúntes del agua de la lluvia que corría por el centro de las calles y que procedía de los bajantes rebajados en los muros de tierra cruda. Pero ante nuestra sorpresa aún se nos desvela más simplicidad: la clara disposición ortogonal de las calles del ksar que en su estrechez se ajustan a la medida necesaria para que sea posible el paso de una mula cargada. Del eje vertebrador, la avenida a la que da la plaza, parten ocho calles perpendiculares norte-sur aun no siendo esta disposición la más común en las fortalezas de esta región, generalmente laberínticas como en el viejo ksar adyacente, hoy en ruinas. En la visita a éste, el ksar Al Khorbat Akedim, en total estado de abandono, sus ruinas nos dan también otra gran lección de la cual la arquitectura en el futuro tendrá mucho que aprender: una lección de sostenibilidad. Esta arquitectura de barro que mientras está en pie se mimetiza con su entorno y adopta el mismo color del terreno que le rodea, cuando ha dejado de cumplir su misión vuelve a formar parte de la tierra y, sin más, pasa de nuevo a ser parte de la naturaleza y el paisaje de los que surgió sin generar ningún tipo de residuo ni exigir el más mínimo gasto energético. Esta atemporalidad en el ciclo de vida de la construcción tradicional de los ksars también está implícita en multitud de rasgos de su vida cotidiana. Los nombres de sus calles, por ejemplo, aún hoy son los mismos que los de las primeras tribus de diferente procedencia que se asentaron en el lugar en el siglo XIX, y la endogamia de esas tribus está latente en las diferencias entre los rasgos físicos de los habitantes de cada una de ellas. Ellos, estos moradores, dejan pasar el tiempo y descansan de un modo hasta violentamente natural bajo nuestra visión occidental, tendidos sobre alfombras en el fondo de los culs-de-sac en los que acaba cada calle, y hacen que cada vivienda se apropie de un pedazo de calle.

Aunque pareciese difícil no olvidar nuestro cometido en medio de este aparentemente sencillo universo que se nos presentaba de una idoneidad tan incuestionable, nuestra extraña presencia allí era para evaluar las dos intervenciones a nivel general del ksar: la realización de su red de saneamiento y la rehabilitación de la muralla. Ambos proyectos fueron elaborados aproximadamente dos años atrás a través de los estudios subvencionados por el CCD (Centre de Cooperació per al Desenvolupament) para estudiantes de la UPC y habían sido financiados en su ejecución material por el Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Barcelona. Con estos precedentes los habitantes de Al Khorbat pronto empezaron a vernos como a alguien más que turistas y a arroparnos con una gran hospitalidad. Comenzaron a llover las continuas invitaciones a tés y a, cómo no, austeros y sanísimos almuerzos y meriendas a base de frutos secos, dátiles, pan y miel y aceite virgen de oliva de la mejor calidad, y si simplemente aceptarlas podría haber sido una traba para realizar nuestro trabajo de evaluación, pronto aprovechamos estas ocasiones para introducirnos cordialmente en todas y cada una de las viviendas del ksar. Así, durante los tés y acompañadas de espontáneos traductores voluntarios, desplegábamos el formulario que habíamos preparado para conocer el grado de satisfacción de los usuarios de la red de saneamiento y de los beneficiarios de las obras de rehabilitación, así como de los pormenores de ambas obras. Pudimos así también introducirnos en cada una de las viviendas del ksar para poder medir, observar, realizar croquis y fotografiar cada rincón, lo cual era indispensable también para poder obtener un levantamiento más preciso que los hechos hasta entonces. Las viviendas, de sencillas y frescas salas, tan solo amuebladas con algunas alfombras y cojines, reservan sus plantas bajas a las vacas, mulas y asnos, que a veces también ocupan parcelas vecinas en ruinas. En los pisos, generalmente, se ubican las personas mayores y la cocina y la despensa. En la terraza se secan dátiles y otros productos agrícolas y se sitúan el horno para el pan y la cocina tradicionales, hechos también de barro, que pueden funcionar con carbón o con leña. También, en la terraza, se encuentran los cuartos infantiles y, para nuestra sorpresa, en la misma azotea, cobertizos con ovejas, gallinas y cabras.

Adentrándonos en estos hogares es como fuimos comprobando poco a poco que, efectivamente, los esfuerzos de la cooperación catalana no habían sido en vano y que tanto el estado de conservación del patrimonio arquitectónico del ksar (y por tanto su patrimonio cultural intrínseco), como las condiciones de vida y de higiene básicas de sus habitantes habían mejorado. Las dos intervenciones demostraban además la idoneidad del empleo de las técnicas tradicionales y los materiales locales, ya que habían respondido hasta ahora a sus requerimientos técnicos tal y como lo lleva haciendo allí la arquitectura popular durante siglos. En este sentido, estas intervenciones afianzan así la perdurabilidad de este hábitat, aunque es cierto, sin embargo, que queda aún una gran labor de concienciación para revalorizarlo y para que el mantenimiento por parte de sus usuarios sea de vital importancia, ya que el abandono de la arquitectura tradicional en tierra provoca una degradación mucho más rápida que, por ejemplo, el de la de piedra. Asimismo, gran parte de esa labor de concienciación debe ser para evitar los errores provocados por una malentendida modernidad que sobrevalora el uso del hormigón y de otras técnicas modernas en aún muchas de las modestas rehabilitaciones que se realizan. El uso, si no menos que irracional, del hormigón y otros materiales alejados además por completo de los patrones, normas y códigos que rigen la edificación en nuestros países desarrollados, contrasta con la incuestionable eficiencia energética y sostenibilidad de la arquitectura tradicional. De modo que ésta se pone en nuestro punto de mira cuando hoy, en nuestro “primer mundo”, se comienza a plantear el progreso en otros términos y comenzamos a evaluar también la arquitectura bajo otros conceptos que pronto dejarán de sernos tan ajenos: la diagnosis ambiental, el ciclo de vida de las construcciones, etc. Mucho entonces nos queda por aprender los unos de los otros.

Ksar (en plural ksur): fortaleza de barro destinada al uso colectivo, principalmente de vivienda.
tansrit: espacio cubierto tras el portal de entrada de los ksars que, soportado por columnas, servía como espacio de reuniones, establo del semental y para pernoctación de los mendigos.
tamazigh: lengua propia del pueblo amazigh o bereber.


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