FEDERICO CORREA. Hem de parlar

Federico Correa (Barcelona, 1924) es arquitecto titulado por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona en 1953. Ejerció de profesor en la misma de 1959 a 1966 y obtuvo la cátedra de proyectos de 1977 a 1990.Llegamos a su despacho en un principal de la plaça Sant Jaume. La plaza está abarrotada por una protesta delante del ayuntamiento. Federico Correa nos abre la puerta y nos recibe amablemente. Nos invita con un sutil gesto a acompañarle a una salita de reuniones. En las blancas paredes, fotografías de sus obras. Pero hoy no venimos a hablar de estas. Están ya largamente publicadas. Hoy nos interesa un esbozo de los motivos y de su trayectoria profesional. Nos interesa saber cómo se formó el arquitecto.
Nos sentamos rápidamente en una mesa cuadrada y empezamos directamente a hablar sobre la arquitectura de nuestros días. Nos explica lo que opina del caso Guggenheim, de su amigo Peter Eisenman y de los errores cometidos en el Fórum de Barcelona. En apenas unos minutos estamos hablando ya de los arquitectos contemporáneos.

Alfonso Milá (1924-2009) y Federico Correa Retrat: Antoni Bernad

Alfonso Milá (1924-2009) y Federico Correa Retrat: Antoni Bernad

¿Qué opina de Ruiz Geli y lo que va a hacer para el Bulli?
Por lo poco que he visto, me ha parecido una forma de arquitectura de moda poco preocupada por la funcionalidad. No hay que olvidar que la arquitectura está para usarse y que esta es la razón principal de la misma. Por ejemplo, un tejado se coloca para que no llueva debajo. Yo sigo creyendo en el uso como fundamental en la arquitectura. Desgraciadamente, en el mundo actual, las modas son muy fuertes y la palabra funcional pasó de moda. Es casi un desacato decir que una cosa es funcional. Todo lo contrario, la función en arquitectura es complejísima y atañe a muchos aspectos. Abandonar la funcionalidad es para mí un error gravísimo en arquitectura.
Por otra parte, la arquitectura es una creación formal. La necesidad absoluta de mantenerse en unas coordenadas establecidas de uso tampoco es contraria a la creatividad. Los usos siempre son lo bastante complejos. Yo, por ejemplo, admiro profundamente el edificio de Benedetta Tagliabue para la compañía de gas en Barcelona. ¿Tienen aquellos voladizos una explicación de uso? Puede que no, pero tampoco van en contra del uso. La creación de formas es también de mucha complejidad. Otro ejemplo, un edificio que resuelve mal su función es el edificio de Jean Nouvel para la compañía AGBAR.

Bueno, en ese caso muchos estamos de acuerdo…

El edificio de Jean Nouvel para la compañía AGBAR es pretencioso y engañoso. Su planta circular se adapta mal a las necesidades de una oficina y la alocada colocación de sus ventanas contradice a las visuales de que gozan las plantas de edificios en altura. Yo, de la obra de Jean Nouvel que conozco, lo único que respeto es el teatro de la ópera de Lyon. La obligación de mantener las bellas fachadas de Soufflot y las imposiciones volumétricas de un teatro de ópera contemporáneo le obligan a realizar un nuevo elemento de cubierta curvo que, para mí, armoniza satisfactoriamente con la arquitectura del siglo XVIII del edificio.
¿Y qué saldrá de esta época?
Hace años que digo que será muy criticada y su crítica resultará bastante fácil. Porque se trata de una arquitectura banal y extravagante por la que todavía quedan alcaldes inocentes que creen que un edificio llamativo les va a dar fácilmente la fama que buscan para su ciudad.

¿Qué otras disciplinas le parecen indispensables para formar a un buen arquitecto?
En primer lugar, los idiomas. Para poder estar al día de lo que sucede en otros lugares. Estás perdido si tienes que esperar a que lleguen las noticias a través de los medios de nuestro país. Hay que ser capaz de conocer lo que se hace y hablar con la gente que lo hace. Hoy por hoy, el idioma que es preciso dominar es el inglés.
Las artes plásticas también son una parte de nuestra cultura que es precisa dominar. Aunque reconozco que con las artes plásticas he sufrido siempre un cierto rechazo. He temido caer por ello en un camino formalista que me preocupa.
También para quien sea capaz, recomendaría estudiar filosofía. Yo descubrí no tener la formación suficiente para leer los textos que me han interesado. Recuerdo que el único intento que hice al respecto fue leer La critique de la raison dialectique de Sartre y se me cayó el libro al suelo.

Nosotros, por ejemplo, en clase de composición, ya no componemos nada…
Yo creo y he creído siempre que realizar algún trabajo es desde el inicio de la enseñanza algo indispensable. Recuerdo un profesor que sabía tanto que sus alumnos estaban encantados con sus clases. Sin embargo, les puso un trabajo a final de curso y nadie lo realizó. ¡Resultó que no se atrevían! El profesor les había metido en la cabeza tal cantidad de maravillas, que no se vieron capaces de afrontar una respuesta creativa propia. Desde el primer día el alumno debe afrontar el trabajo propio, y ser capaz de dar explicaciones sobre las razones que le han llevado a realizarlo; razones que se verán sometidas públicamente a la crítica de la docencia.
En la formación de mi generación se le dio mucha importancia al conocimiento de la historia, y yo se lo sigo dando hoy. Este aprendizaje nos situó en superioridad frente a quienes se habían formado en escuelas internacionales más avanzadas, donde se había prescindido de estudiar la historia. Como consecuencia, esta carencia de la historia significó en ellos, especialmente en los europeos, una cierta dificultad a la hora de ejercer la profesión.
Creo que la historia es muy útil, sobre todo para entender el mundo y la arquitectura. Afortunadamente, he tenido en mi vida dos ocasiones para dedicarme plenamente a ello. La primera en París, en el año 1981. Decidí estudiar la arquitectura de los siglos XVII y XVIII. Me leí antes la política de Enrique IV y de Louis XIII, Louis XIV, Louis XV y Louis XVI. Por suerte en aquella época, en Francia, los reyes fueron pocos gracias a su longevidad. Pero era fundamental conocerlos a todos junto con el cardenal Richelieu y toda la corte.
En París, aprendí que la arquitectura francesa du Grand Siècle es extraordinaria. François Mansart es un arquitecto que no tiene nada que envidiar a los italianos de su época, aunque incluso en Francia se le confunda a veces con su sobrino Jules Hardouin-Mansart, más prolífico y con menor talento que su tío abuelo. No siempre los más conocidos son los mejores.
En mi primera visita a Viena había comprendido que la arquitectura austríaca era para mí muda y que gracias a dos horas intensivas de lección histórica por parte de Hans Hollein logré entender algo de tan interesantes edificaciones.
Luego repetí la experiencia en Roma, dos años después. Ahí escogí la mitad del siglo XV, todo el XVI y mitad del XVII. ¡Había veintiocho papas! Me los aprendí todos, con sus nombres y sus apellidos. La profusión e importancia de la arquitectura histórica de Roma hace que sea inagotable la cantidad de visitas necesarias para llegar a conocer algo de su arquitectura. Desgraciadamente, la información sobre características y horarios de estas visitas deja mucho que desear, no como en Francia donde el sentido cívico francés se demuestra en la exactitud de sus programaciones y demás información.

¿Qué recuerda de sus clases de historia durante su formación?
Teníamos Historia del arte e Historia de la arquitectura. Eran unas clases estupendas. Ambas eran impartidas por Ràfols y eran una maravilla. Sin duda, la mejor asignatura que recuerdo en la Escuela. Ràfols me enseñó algo que apliqué yo después: solo puedes enseñar aquello en lo que creas mucho. Lo que está en los libros, si no lo tienes dentro asumido, no se transmite. Ràfols era un hombre que se quedaba embelesado con la pintura del renacimiento italiano. Era tal pasión la que sentía por ella, que la transmitió a sus alumnos y yo siempre fui consciente de eso. Hoy todavía, cuando tengo que pensar en un nombre clave del arte de esa época, ese nombre me viene a la memoria pronunciado, no en su italiano original sino en el acento catalán de los bajos decibelios de Ràfols en la pizarra.

¿Y de las clases que daba usted en Arquitectura?
Yo tuve claramente dos épocas. La primera del año 1959 al 1966 cuando me expulsaron a mí y a otros como castigo a nuestra postura antifranquista en la Escuela.
En aquella época, teníamos mucho trato con los alumnos y delegados. Empezamos entonces una serie de manifestaciones. Una la encabezábamos de casualidad Oriol Bohigas y yo. Habíamos ido a la universidad central a protestar por la detención de los delegados, hecho que consideramos un atropello general a los alumnos de Arquitectura. Como no nos dejaban entrar, decidimos dar vueltas alrededor encabezando a una columna de estudiantes que nos seguía. Cuando llegamos a la calle Aribau, vino el choque con la policía. A mí la policía no me atacó, se pensaron que era un transeúnte que pasaba por allí.
Mi labor docente en la segunda época, empieza en 1978 cuando a Oriol Bohigas le nombraron director de la Escuela y a mí se me nombró cátedro. En la segunda época, para mí, hubo una diferencia fundamental. Por una parte, la exaltación y entusiasmo de los alumnos no los encuentro en la esta época. Por otra parte, el número del alumnado se ha prácticamente duplicado y por lo tanto mi dedicación se difumina en un algo que puede ser también causante de mi decepción.
¿Se ha reencontrado con estos alumnos?
Sí, me he reencontrado con muchos alumnos algunas veces y he recibido cordiales apreciaciones de la que fue mi labor. Lo que me sorprende es que los de la segunda época también me dicen que fue maravilloso. Sin duda, fue un período para mí mucho menos interesante. Además, hay un momento en el que uno tiene que retirarse. Poco a poco se va perdiendo la paciencia y se encuentra uno con argumentos de razones disparatadas. Uno acaba nervioso y perdiendo la razón. Al final, aun sin quererlo acabas gritando, lo que es docentemente desastroso.
¿Qué razón le impulsó a estudiar arquitectura?
En Filipinas, de niño, recuerdo que me gustaban ya los edificios, de lo que me he dado cuenta de mayor. Cuando tienes seis, siete y ocho años, tiendes a pensar que lo que a ti te interesa, interesa a todo el mundo. Luego descubrí que era una fascinación característica de quien le interesa la arquitectura. Cuando volví a Filipinas en los años noventa, me quedé estupefacto al descubrir que a los nueve años distinguía el estilo jónico del edificio de correos y el estilo corintio del edificio de juzgados de Manila.
Yo tuve la suerte de que mi padre estaba muy metido profesionalmente en el entorno americano y me regaló la suscripción a una revista de arquitectura americana llamada Arquitectural Forum, que fue un gran descubrimiento. Yo decidí estudiar arquitectura por eliminación. Tenía gran facilidad para el dibujo, lo que me facilitaba las cosas para estudiar arquitectura.
Para que veáis la ignorancia respecto a la arquitectura moderna de la época; un día en la biblioteca de la Escuela, había un alumno mirando un libro donde había las fotos de un edificio precioso, blanco, alargado. Rotulado debajo, ponía “Barcelona Pavilion”. Pensé que debía tratarse de otra Barcelona, en Colombia por ejemplo. De repente, veo los edificios de Puig i Calafal detrás. ¡Resultaba que era aquí! Me quedé pasmado. Nunca había oído hablar del pabellón alemán.
Justo entonces Alfonso (Milà) y yo decidimos que teníamos que empezar a trabajar, porque en la Escuela no íbamos a aprender nada. Resolvimos trabajar con Coderch, que en aquel entonces estaba restaurando una casa de la familia de Alfonso en Esplugas. Alfonso me dijo que había hablado con él y le había gustado mucho todo lo que decía. Fuimos a trabajar con él sin saber quién era. Resultó ser un gran vuelco.
Gracias a él asistimos a un curso en Venecia organizado por el CIAM en el que tuvimos a Albini, Rogers y Gardella, entre otros, como profesores. Nos hicimos muy amigos hasta el punto de que yo, muchos años después, he seguido residiendo en la casa particular de Gardella todas las veces que he visitado Milán. El curso de Venecia nos aportó conocimiento y reflexiones a los que no estábamos acostumbrados en la España franquista que conocíamos. Fue para mí, entre otras cosas, un despertar ideológico. Hay que tener en cuenta que la arquitectura moderna siempre fue de izquierdas. Incluso un independiente dudoso como Frank Lloyd Wright era también un hombre de izquierdas.
Esta consciencia ideológica me hizo consciente de mi obligación de lucha contra un régimen fascista como el que tenía España. Por supuesto, no servía de mucho irme al monte con una metralleta. Me di cuenta de que donde sí podía hacer algo era en la enseñanza. Pedí entonces ser ayudante de prácticas del profesor de composición y al final me admitieron. Pude en ese momento organizar el curso según mi criterio, pasando por encima del catedrático que prácticamente aparté a un lado. Yo transmitía ideas que los alumnos no habían escuchado nunca, sobre todo de un profesor. De mi enseñanza creo que sobresalía mi pensamiento sobre la arquitectura pero, sobre todo, sobre la sociedad. La ideología es muy importante para alumnos y arquitectos. Yo creo que la ideología es algo fundamental.
Continuamos luego hablando de alumnos que ha tenido, de encuentros con arquitectos. Nos explica que va a dar una conferencia dentro de unos días en Toledo y que quiere hablar sobre la arquitectura extravagante que ha triunfado en estos últimos años y que cree que está hoy de capa caída. Nos explica también que el talento es esencial en cualquier buen arquitecto. Sin talento no se consigue nada en arquitectura.
Esperamos que esta entrevista ayude a jóvenes estudiantes y arquitectos a orientar su formación profesional. Conocer el camino que ha seguido un arquitecto brillante, inteligente y divertido como Federico Correa nos puede ayudar a perfilar un poco el futuro arquitecto que todos queremos ser.

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