El bon inventor

Ya sé que no es arquitectura, pero hay que decirlo. No están los tiempos para sutilezas y melindres. Hemos asistido en pocos meses a unas más que dudosas revueltas populares en el norte de áfrica que han dado a who may be concerned el dominio de la costa austral del Mediterráneo. A continuación asistiremos a la conquista de la costa boreal. El sistema es distinto: para los del sur, palo; para los del norte, un trato más edulcorado e hipócrita, un juego de ilusionismo financiero. La cuna de la cultura grecorromana, que viene soportando desde hace años, con estoica dignidad, una degradación con gota-gota de su nivel de riqueza y de sus derechos civiles, de repente y sin previo aviso (se dice que no eran privaciones sino derroche desenfrenado lo que hemos estado viviendo), se nos exige que devolvamos una deuda y, para garantizar que sea imposible devolverla, se nos exige retirar los medios para producir riqueza; se retira el dinero de la calle y se condena al ciudadano a cruzarse de brazos. A continuación, con el poder que supone el control de los medios de comunicación, se denigra a los gobernantes con asuntos que no tienen relación con la economía. No es legítimo utilizar el libertinaje sexual de un presidente para imponer un virrey a una nación. Grecia ya tiene uno; Italia, otro, y en España se anuncia el aumento del desempleo a cotas inauditas. Puede ser la primera nación de la historia que tenga simultáneamente un rey y un virrey.

La coartada de los invasores es la economía, una supuesta ciencia con apariencia de esoterismo, pero que no es esotérica, es mucho menos que eso. Los textos de los economistas carecen del rigor y del orden que poseen las matemáticas más elementales; describen una hipérbola como curva decreciente hacia la izquierda y hacia abajo con la convexidad hacia el origen: consideran paradójico que aunque la pendiente de una parábola de eje horizontal decrezca siempre nunca llegue a ser negativa; escriben ecuaciones interminables porque trabajan con porcentajes sin entender el significado abstracto de una función; confunden utilidad o valor con precio; están interesados en las cantidades y no en la calidad. Además, parece que crean que la riqueza es un maná preexistente que no procede del trabajo y que se trata de ser más listo para arraparlo; y que no entiendan algunos hechos que el sentido común reconoce y su propia teoría corrobora, como son: que si se desequilibra la proporción capital/trabajo la producción crece más lentamente, y no es por rendimiento decreciente del capital que la moderación salarial reduce la demanda y es ruinosa para el productor; que el desempleo sale muy caro; que no puedes producir en un país sin derechos humanos ni inversión pública y tratar de vender el producto allá donde has producido la ruina y has dejado a los trabajadores sin empleo; o que la política de recortes en una recesión disminuye la demanda y paraliza la producción; y que a J. M. Keynes solo lo han matado “de boquilla, pero los resultados, a la vista están y los estamos padeciendo. Y esos insensatos que se autodenominan “el talento, son los que dirigen —y arruinan— el mundo y dan lecciones con una suficiencia que abochorna.

No quiero escribir sobre arquitectura. En el 94 escribí un cuento, y como diría Neruda, un cuento viene al alma como al pasto el rocío.

El bon inventor - TAMAYO

El Bon Inventor

1

Llorenç tenía siete años, Manuel cinco, estaban en Venecia. Veían la ciudad como un juguete, con sus puentes y puentecillos, sus campi y sus campielli, las góndolas, los preparativos junto al puente de Rialto para la Regatta Storica, los pozos en el centro de un campiello, el vaporetto, las casitas pequeñas, y los grandes palacios, con salas anchas y altas y vigas tan próximas las unas a las otras que los techos parecían tallados de una sola pieza.

Todas las noches atravesaban la isla, para ellos era una sola isla, en dirección a Piazzale Roma, y allí tomaban un autobús de línea que los transportaba a Mestre. En el trayecto a la estación de autobuses se entregaban a la fantasía, todo era tan distinto de las ciudades que habían conocido que les excitaba tanto como si hubieran podido penetrar en uno de los lugares que describía El Bosco. La sala de los pintores flamencos del museo del Prado era su preferida, y para Manuel, el pintor predilecto era precisamente El Bosco. A medida que avanzaban cruzando canales, subiendo y bajando puentes, una muchedumbre, que aumentaba como una peregrinación, atravesaba con ellos la ciudad, y unas flechas enigmáticas y divergentes indicaban el camino a Piazzale Roma y a la Ferrovía para volver a aparecer en otra esquina; eran el indicio de la proximidad de la estación.

Una noche atravesaron el Campo dei Frari y rodearon la Scuola de Can Rocco. Allí descubrieron el edificio. Colores, estrellas que se elevaban hacia el cielo, lunas en cuarto creciente o en cuarto menguante, enormes margaritas y pensamientos, soles sonrientes, flechas más sugestivas que las que les conducían a Piazzale Roma, y todo en movimiento. Se sentaron en el muelle y contemplaron la luz rojiza de un farol, los maravillosos astros que daban contorno a la ventana y su imagen reflejada en el agua oscura del canal. Desde aquella noche, cada vez que volvían a Mestre, querían detenerse unos minutos y sentarse frente al edificio. Manuel imaginaba que aquellos astros eran obra de un mago diminuto que vivía en una casita minúscula de colores vivos situada junto a las lunas y las margaritas; su oficio era fabricar astros porque, si alguna vez en el universo, alguna estrella se apagaba, debía reponerse con urgencia. Llorenç pensó que aquel artificio era la obra de un inventor que vivía en el edificio y, como era tan bonita, había de ser un hombre bueno y un hábil inventor. La llamó la caseta del Bon Inventor”. Ambos imaginaron que el autor llevaba una túnica negra y un agudo gorro cónico salpicado de estrellas. Solo vieron tres veces la caseta porque vivían en Barcelona y debían regresar a su casa y al colegio. Durante algunos años el Bon Inventor permaneció en su memoria y en algún momento su fantasía materializó aquel pequeño universo en movimiento.

2

Volvieron a Venecia cuatro años más tarde, esta vez acompañados por unos tíos suyos y sus hijos. Sus primos eran de la misma edad que ellos, y era divertido poder compartir con ellos los recorridos por la isla de la Serenissima. Su tío era un ricachón que llevaba un abrigo cruzado de color azul marino y se maravillaba del tamaño de las vigas del Palazzo Ducale, de la amplitud de las salas cubiertas sin pilares intermedios y del elevado coste que debieron tener en su tiempo las maravillas que veía.

Una mañana, mientras paseaban por la Riva degli Schiavoni, un agente comercial les invitó a visitar una de las vidrierías que había engendrado el turismo de Venecia en la isla de Murano. Embarcaron en una lancha y pasaron bajo el puente que flanquean los Leones Griegos; atravesaron la Dársena del Antico Arsenale y salieron a la laguna; rodearon San Michele, esa isla nacida de la geometría del cementerio que parece un cajón abandonado a la deriva, hecho insólito que se suma a la magia de Venecia, y llegaron a Murano por la ribera occidental, directamente a la puerta de la vidriería. El vaporetto en que habían viajado a la isla por primera vez tenía una llegada más solemne, frente al Museo d´Arte Vetraria. No reconocerían Murano hasta que abandonaran la factoría.

En la vidriería, su tío alabó la variedad de formas y colores que habían conseguido los vidrieros de Murano, y la exquisitez y el buen gusto con que se habían ejecutado algunos de los objetos más complicados. Luego adquirió un juego de copas de fabricación moderna, pero que imitaban a las antiguas y una copa antigua auténtica, de gran valor.

Durante la comida en Murano recordaron, como tantas veces, la noche en la que habían descubierto la caseta. No podían irse de Venecia sin haber llevado a sus primos a verla.

Tres días después, porque los mayores solo tienen prisa para sus propios asuntos, llegaron al muelle desde el que se veía la fachada. Era la primera vez que la veían de día, y aunque les seguía pareciendo muy bonita no les impresionó tanto como la noche en que la descubrieron a la luz de la farola. Sus primos, como la veían por primera vez, estaban maravillados. Su tío la examinó detenidamente, al principio con la mirada muy seria, luego hizo un gesto de aprobación, dijo que era muy curiosa y preguntó cómo se entraba en ella, ya que el canal llegaba hasta el muro. Llorenç y Manuel dijeron que “algunas casas, las más importantes, tienen una entrada para peatones y otra que da al canal, las casas más humildes solo tienen la entrada peatonal que da a una calle o tal vez a un campiello”.

—Pero, ¿cómo se llega a esta calle?— preguntó.

Le respondieron que desde donde estaban habría que cruzar el canal por el puente que se veía a su izquierda.

— ¡Vamos, quiero ver cómo es!— dijo su tío, y empezó a andar hacia el puente. La comitiva familiar le siguió.

3

La mañana de año nuevo de 1987 lucía un sol espléndido, aunque la brisa era fría. En un piso muy pequeño de Venecia, un anciano diminuto acababa de tomar el desayuno.

— ¿Lo sabes?—, dijo a su mujer —ya he pensado mi mensaje de Año Nuevo, y esta vez es más bonito que el del año pasado—. Ella nunca había dudado de que aquel hombre tan habilidoso y sabio escribiría un mensaje prodigioso.

Escribió un mensaje alegre que hablaba de la paz, la solidaridad, la comprensión, y tantas otras cosas tan escasas. Era un año para encontrar soluciones, para trabajar codo a codo, para buscar la felicidad. Podría ser el mensaje de un visionario, o quizá de un profeta, en alguna frase se intuía al poeta.

—Házmelo ver—, le dijo su mujer cuando lo hubo terminado. Se lo leyó con una mirada que parecía pedir su aprobación, pero esperaba otra cosa y la obtuvo: el testimonio de su admiración. Bajó ufano la escalera, aún no había nadie en el campiello, colgó el mensaje en la puerta y subió la escalera con agilidad para ir a su mesa de trabajo.

Aquella mesa era la mesa de carpintero más extraña del mundo en el taller más pequeño de Venecia, y teniendo en cuenta los objetos que aún esperaban el acabado, se habría dicho que trabajaba para todos los taumaturgos del universo. Se sentó y empezó a tallar con esmero los ensambles entre las piezas de madera en las que fijaría poleas y engranajes. Estaba a punto de colocar los cables al conjunto que había terminado la misma mañana cuando llamaron a la puerta.

Subieron dos extranjeros que querían conocer al artífice de la fachada que pendía sobre el canal. Los atendió orgullosa su mujer y les mostró la gran fotografía que presidía el comedor, un comedor estrecho en el que las sillas debían estar puestas en la mesa para que se pudiera pasar, como en casi todas las casas de Venecia. La foto se la había enviado un fotógrafo belga y tenía una definición extraordinaria para el tamaño de la imagen; no era un aficionado y la foto era importante para él. Sin duda, el fotógrafo y la familia habían simpatizado. Uno de los extranjeros que llevaba un abrigo cruzado azul marino era el que llevaba la iniciativa y no mostraba mucho interés por la fotografía, el otro aún no había dicho nada ni lo diría, se limitaba a mirar alternativamente la foto y la escena, y sonreía.

El anciano carpintero se apresuró a colocar los cables para incorporarse a la reunión. Los extranjeros habían interrumpido su jornada de trabajo pero al carpintero no le importaba, apreciaba el reconocimiento de su trabajo, le gustaba mirar su obra pero también le importaba que gustara a los transeúntes. El hombre del abrigo cruzado hizo algunos comentarios amables sobre Venecia y sobre la ventana de su casa, pero empleó el tiempo justo en el protocolo y no recurrió a la perífrasis para manifestar su deseo de adquirir uno de sus artefactos móviles.

El anciano se quedó perplejo, había visto crecer su obra como una planta, lentamente y con muchos cuidados. Despojarla de una de sus partes era, para él, como si se amputara a sí mismo.

—No puede ser—, dijo— no están en venta. Son mi única dedicación y me llevan muchísimo trabajo. Además, por la razón que le he explicado, le saldría demasiado caro.

— ¿Por cuánto?— preguntó.

El carpintero palideció, se retiró a un rincón y susurró unas palabras con su mujer. Probablemente ella le diría que en Navidad hay muchos gastos, que tendrían que regalar algo a sus nietos, y que no le costaría tanto hacer otro igual.

La puerta habría quedado abierta porque, mientras hablaban el inventor y su mujer, entró una niña que habló con el hombre que no hablaba en una especie de lengua polaca que el anciano podía comprender. Su casa parecía “can pixa”, que dicen los polacos, era la plaza pública. Le alivió adivinar que el hombre callado no estaba dispuesto a comprar. Dos era demasiado.

—Cincuenta mil liras— dijo.

El hombre del abrigo azul marino se apresuró a pagar. A cambio recibió un conjunto articulado y móvil, de tres elementos con eje giratorio: una margarita, una flecha y media luna.

4

Mientras cruzaban el canal por el mismo puente, el tío de Llorenç y Manuel comentaban que habían hecho una obra de caridad, y que el precio les había parecido muy razonable. Llorenç y Manuel se detuvieron un instante para mirar por última vez la caseta; era una ventana bonita con objetos de madera pintada con colores vivos, ya no eran astros celestes, se podían comprar, pero era uno más de los lugares de Venecia que les gustaba. Faltaba poco para el día de Reyes y sabían que no les faltarían regalos. Aunque sus primos vivían en una casa con jardín, nunca llegó el día en que alguien decidiera instalar el artefacto y acabó en un trastero.

5

La madrugada del dos de enero de 1987, entró un rayo de luna por la ventana de una casa humilde de Venecia. Se despertó un anciano y se dirigió a una mesa de carpintero, abrió un baúl que estaba junto a la mesa, sacó una túnica negra y un gorro cónico muy puntiagudo en el que brillaban pequeñas estrellas, al ponerse el gorro se iluminó el pequeño cuarto como si hubiera amanecido. Se sentó en la mesa de trabajo y se puso a tallar una nueva estrella, porque si alguna vez, en el universo, se apagara alguna, otra la debería reponer.

Epílogo

Años después de explicar esta historia, supe por Ferrán Lobo, studioso spagnolo en Venecia, que el Bon inventor había muerto, que poco a poco desaparecían piezas, y que su ventana se veía cada vez más pobre. En el universo se están apagando más estrellas de las que uno desearía y ya no hay quien las reponga.

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